La sesión comienza puntual. Se acomodan en sus lugares todos los personajes. Se abre una puerta lateral; ingresan algunos guardias uniformados trayendo lo que parece una caja. Ahora podemos verla de cerca: es en realidad una jaula plástica con barrotes, de esas que se usan para el transporte de mascotas. Los guardias la llevan hasta su sitio y abren la puerta. Silencioso, con la mirada altiva y las orejas desafiantes, sale el pincher para tomar asiento. Luce un elegante corbatín rosado. Su abogado defensor lo saluda acariciándole la cabeza. Los movimientos de la cola nos indican que el acusado se encuentra a gusto con su leguleyo.
Comienza la sesión. Mientras se surten los trámites de rigor, se observa algo de inquietud en la silla del acusado, quien, más que sentado, se encuentra echado y con frenesí en las patas. El abogado, acostumbrado ya a las necesidades de su cliente, solicita un permiso especial.
-Señoría, mi cliente debe levantar la pata…
Se concede el permiso. Visiblemente feliz, el cuadrúpedo salta de un lado para otro, buscando la mejor esquina del estrado, de una mesa, de la pierna de algún Lacouture. Aunque a algunos parece molestarles esta práctica, lo cierto es que el contenido líquido es muy inferior a lo imaginable; una vez más, resulta ser más la bulla que la amenaza real. Luego de algunos ladridos contra una señora de turbante que está en las últimas filas, el defensor toma la correa e “invita” al acusado a regresar a su puesto. Así puede continuar la sesión.
El fiscal comienza a delimitar los delitos a imputar, mientras el can se entretiene mordisqueando un hueso hecho de madera de palma. El abogado toma atenta nota de cada detalle, de cada nombre mencionado, de cada insinuación. De vez en cuando levanta una de las orejas de su cliente para susurrarle algo. Algunas de las veces vemos gruñidos como respuesta. Antes de que termine la imputación, el abogado saca una bolsa plástica que tenía guardada y recoge una materia oscura que ha quedado sobre la silla del acusado, entregándola a su ayudante para que la saque del recinto. Los concurrentes agradecen el gesto, pues el asunto ya estaba, literalmente, empezando a oler mal.
Escucharemos ahora la versión del acusado, según indica el juez del caso. El abogado, quien a su vez fungirá como intérprete, acompaña a su cliente hasta el banquillo, adonde lo sube con un movimiento de su brazo derecho. Le hace levantar una pata, como le enseñó el amaestrador (ofreciéndole una galleta), para que le tomen el juramento. Solicita el abogado que las preguntas se formulen de manera concreta, de tal suerte que el acusado pueda contestar “sí” con un ladrido y “no” con dos, “soy inocente” con tres y “¡malditos terroristas!” con dos ladridos y dos gruñidos. Acordados los términos, se hace la primera pregunta.
-¿Cuál es su nombre?
Suenan en respuesta dos ladridos y dos gruñidos, el último de los cuales deja ver algo de baba espumosa entre los colmillos.
No abrumaremos a los lectores con la ronda de preguntas y respuestas, y menos con los tediosos detalles de cómo se las ingeniaba el abogado para traducirle a su cliente lo que se le interrogaba, en términos sencillos para su fácil comprensión. En la sola pregunta del nombre, por ejemplo, se requirieron cerca de dos horas para obtener una respuesta. Así pues, tras siete horas de intentos, el juez, exhausto, ordena la suspensión de la audiencia para el día siguiente. Los periodistas respiramos aliviados, pues, a decir verdad, había ya tantos olores perrunos en el ambiente que el solo hecho de imaginar el aire puro era reconfortante.
Sin embargo, cuando salimos nos encontramos con una dificultad mayor para respirar. Centenares de personas se agolpaban fuera del edificio, pancartas en mano, consignas en la garganta, notoriamente enfurecidos. “¡No al maltrato animal!”, “¡todo perro merece su Panamá!”, “¡que juzguen a Valerie!”, “¡no al pincher expiatorio!”, entre otras tantas, eran las frases que gritaba la turba. Mis colegas y yo, rendidos por la jornada, nos abrimos paso como pudimos en busca de una salida.
Mañana reanudarán el juicio. Espere otra crónica sobre este apasionante proceso… pero espérela sentado, porque de seguro demorará mucho rato.
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