El preso
calla. Mira al suelo. La celda está oscura. Tal vez sea un sótano.
Tal vez...
Lleva tres
días allí. Nada ha cambiado desde que despertó; salvo, claro está,
por la comida que le hacen llegar desde fuera. La comida le sirve
para marcar el tiempo; así, aunque falte la luz del sol, siempre
tiene una idea de cuándo orar. De resto es todo lo mismo: su mundo
es ahora en blanco y negro; nebuloso e incierto; restringido y
asfixiante. Es el mundo como lo ve quien no tiene luz y, ¡empecinada
percepción!, se esfuerza en contemplar. Como no ve mucho, toca. Su
tacto le confirma algunas sospechas: hay un catre, un inodoro con
lavamanos y, un poco más arriba, una ventanita que da a quién sabe
dónde. ¡Nada más! La celda es pequeña; no obstante, si se acuesta
en el suelo, en el centro, y abre sus extremidades como formando una
equis, no alcanza a tocar ninguna pared. En una de las paredes -el
“ala norte”, imagina el preso, aunque no tiene forma de
orientarse- está la puerta bien cerrada, como corresponde a las
puertas de prisión. En la parte inferior hay una especie de trampa
por la cual le deslizan la comida; recorriéndola con el tacto, el
preso ha notado que la trampa es cuadrada, como la celda, y asegurada
desde fuera. Cada tanto se oye un sonido de palanca metálica, y en
ese momento el preso retrocede, aguarda... y ¡pam!, la trampa deja
pasar la comida. Así ocurre tres veces al día; el preso, al
tercero, ha calculado ya que le ponen comida cada seis horas,
pasando, en consecuencia, un intervalo de doce horas sin comida que
podría ser la “noche”. Organizado, metódico, se ha arreglado a
las circunstancias, y ya duerme con placidez. Ahora se dedica a la
oración, a recordar pasajes del texto sagrado, y en eso consume las
largas horas del encierro. Ni siquiera en el recuerdo de las glorias
pasadas consigue la calma que le brinda entregar su espíritu a la
contemplación. Se va quedando dormido, entrando a esa ciénaga que
se abre entre el sueño y la vigilia...
...cuando
oye un crujido inusual.
El sueño se
ha ido, dejándolo con los ojos y los oídos muy atentos. El único
sonido en la celda ha sido siempre el de la trampa; ni siquiera su
voz a grito en cuello produce eco en la oscuridad. ¿Qué habrá sido
eso? ¿Lo soñé? Esto se pregunta el preso cuando escucha un nuevo
crujido, un susurro, una silla moviéndose.
Se incorpora
dando un salto. Al parecer hay personas allí, y no pocas. ¡Pero no
ve nada!
El rumor de
las voces disminuye y se va apagando. Una puerta se cierra a lo
lejos.
Silencio.
Pasan
algunos minutos. Solo se oye la respiración del preso, agitada como
si hubiera trotado un par de horas. De pronto, el chillido de un
micrófono irrumpe en la escena. El preso, aterrado, no sabe qué
hacer y se sienta en el suelo. Por varios altoparlantes -el ruido
permite reconocer que son varios- una voz masculina comienza a hablar
en inglés.
-- ¿Me
reconoces? ¿Sabes quién soy?
El preso
tiembla. No sabe si de miedo o de ira.
Súbita, una
luz blanca, enorme, inunda el espacio. El preso cierra sus ojos:
tanta claridad le resulta dolorosa. Los abre poco a poco, dejando que
su retina se acostumbre.
Tras algunos
minutos reconoce el espacio. ¡Y cuán diferente luce! Allí siguen
el catre, el inodoro, el lavamanos; pero las paredes resplandecen,
son pantallas gigantes en las cuales, a los cuatro costados, se
repite la misma perspectiva: un hombre vestido de corbata, cómodo en
una silla de cuero, le habla por un micrófono que emerge desde
abajo. Parece mirarle directamente a los ojos, ¡y desde las cuatro
paredes! El de la pantalla sonríe; el de la celda, contrayendo sus
comisuras, mira al suelo.
-- Ahora
sabes quién soy. Te he vencido, ¿recuerdas?
El preso
calla. Se produce un silencio largo. El otro, siempre en inglés,
prosigue:
-- Veo que
callas. Antes hablabas con fuerza: las plazas se llenaban con tu
voz, las pantallas repetían tus gritos, tus imprecaciones. ¿Y
ahora? ¡Ni siquiera sabes en dónde estás! Muy lejos de tu amada
patria, eso te lo aseguro; lejos de tu patria y de tus hombres. Pero
déjame explicar eso mejor. Tus hombres ya no existen: a tus
guardias los matamos uno por uno, y los ejércitos que otrora
respondían a tus comandos, ahora están dispersos, encarcelados o
prófugos. Y tu patria... bueno, ya no es tu patria.
Las multitudes que antes te aclamaban ahora escupen tu imagen, y nos
han pedido a nosotros, sus salvadores, que llevemos a ellos la
civilización, el progreso y el bienestar. Nosotros, cómo no, hemos
aceptado gustosos: les llevamos por el camino de la democracia.
¡Cuánto debes detestar esa palabra! Miles murieron para que tú
les gobernaras; pues bien, ahora miles mueren para que les gobierne
la democracia. ¿Y cuál democracia, me preguntarás? Muy sencillo:
la nuestra. Tendrán nuestro sistema, nuestra tecnología, nuestro
conocimiento, y se abrirán al mundo... ¿sabes? Pero también se
abrirán a nosotros, a nuestros supremos intereses. Sus valores
serán los nuestros; soñarán lo que les digamos que sueñen; todos
podrán aspirar al lujo y la comodidad de nuestra suprema
civilización. ¿Y qué les pedimos a cambio? Nada: solamente que te
olviden. Y créeme: un pueblo como el tuyo, que no te amaba, sino
que te temía; un pueblo tal, te digo, te olvidará fácilmente. Y
entonces vendrán a nosotros. Nosotros les diremos qué decidir,
ante qué instancias y de qué maneras. Así les gobernaremos
mientras ellos creen que se gobiernan a sí mismos, y todos felices.
Todos... menos tú. ¿Qué tienes que decir ante eso?
Nada,
al parecer: el preso permanecía en el más absoluto de los
silencios, con la mirada fija en el suelo y las manos entrelazadas
sobre el regazo, sentado en el centro de la celda. Había notado que
tenía un uniforme color naranja encendido; esa revelación del color
le permitió distraerse, por un momento, del monólogo de su rival.
Parecía decidido a no decir nada, así que la voz de los
altoparlantes, tras un breve carraspeo, continuó:
-- Pareces
decidido a no decir nada. Bien, allá tú. Ya tuviste tu tiempo para
hablar y lo utilizaste en nuestra contra. Ahora somos nosotros
quienes hablamos, quienes le decimos al mundo de qué tiene que
hablar, en qué términos debe hablarlo y hasta cuándo hablarlo. ¡Y
el mundo habla en tu contra! Para ellos eres una especie de
superviviente del medioevo, una curiosidad anacrónica, un cobarde.
Y sé cómo te molesta eso, que te consideren un cobarde. Pero ya
ves cómo son las cosas: el inquebrantable hombre atornillado al
poder, hoy está reducido a un uniforme naranja en una celda
anónima. ¿Y sabes lo que va a pasar? Que el mundo va a pedir tu
cabeza. Así como te acusan de bárbaro, así de bárbaro será el
deseo popular de ver tu sangre correr. Y si lo quieren ver en vivo y
en directo, les ayudaremos a transmitirlo, cómo no. Puede ser un
buen negocio, ¿sabes? En especial para nosotros, que nos desharemos
de ti con impunidad y en horario triple A. He dicho con impunidad:
no seremos nosotros tus verdugos. El pueblo, ese al que dijiste amar
más que a ti mismo, pedirá tu cabeza sin vacilar. Serán ellos, y
no nosotros, quienes te ejecuten. Eso nos encanta, ¿sabes?,
implantarle deseos a la gente con una sutileza tal que los
reconozcan como propios. Así funciona nuestro mundo, y tú no
quisiste verlo. Ese es tu pecado; tu obstinación, el mayor de los
agravantes. Por eso estás aquí. Por eso te puedo hablar desde aquí
y ver cada movimiento tuyo. Notarás que hay cámaras instaladas en
las esquinas superiores de la celda.
El
preso levanta la cabeza. En efecto, en los cuatro rincones del techo,
muy elevado como para alcanzarlo con las manos, hay una suerte de
hemiciclos de cristal oscurecido. Tras comprobarlo, el preso mira a
la figura que tiene en frente. ¡Qué extraños designios tiene
Dios!, piensa. Respira profundo y vuelve su mirada al suelo.
-- Sigues
sin decir nada. Pero sé que me entiendes: puedes mantener una
conversación en inglés desde hace muchos años, desde que te
ayudamos, ¿te acuerdas? Parece que no, porque empezaste a
interponerte en nuestro camino. Tú, reyezuelo de segunda, soñaste
con una grandeza digna de tus antepasados, ignorando la grandeza de
nosotros, los dueños del futuro. Por eso hemos jugado este juego;
por eso hemos cruzado el planeta para dar contigo y, por eso, estás
aquí rendido e inerme. Te devolveremos al lugar al que perteneces:
al de las curiosidades históricas. Es posible que dentro de algunas
generaciones nadie recuerde ya tu nombre ni tu estirpe, y que tu
legado se desmorone definitivamente, como los castillos que te
demolimos. Como ves, la victoria es nuestra, lo ha sido desde el
principio. Ahora ni tu dios podrá salvarte.
El
preso levanta la mirada con el ceño fruncido. No es ira lo que pinta
su gesto; más bien, es el frío rencor de quien contrae su odio en
la mirada para advertir al otro. Por su parte, el otro, acomodándose
en el sillón, continúa con lo suyo.
-- Así
es: ni siquiera tu dios. Sé lo que estás pensando: que soy un
infiel y que las llamas del infierno me aguardan. Eso ya lo veremos.
Yo he tenido una visión del futuro, en la cual nosotros nos bañamos
en gloria y tú no existes. Nosotros, que a tus ojos somos infieles,
somos, en verdad, el pueblo elegido. Nosotros somos el camino, la
verdad y la vida, y todo aquel que ose desafiar nuestros designios
correrá igual suerte a la de tantos... a la tuya propia. No
admitimos errores: el tiempo es dinero, ya sabes, y el dinero es lo
que cuenta. Si me lo preguntas, yo no quiero huríes ni paraísos:
quiero dinero, contante y sonante. Dinero: tal es el nombre de
nuestro dios. Y el nuestro es un dios poderoso, que gobierna con
mano dura a todas las naciones del orbe. Nuestro dios es compasivo y
misericordioso, como el tuyo; pero, como el tuyo, es vengativo y
rencoroso, frío, vil. Es el más humano de los dioses posibles. Así
que el dilema se resume con facilidad: arrepiéntete o muere. En tu
caso veo la mirada del impío, del que se resiste a ver la verdad.
Girando
la cabeza hacia una de las paredes, el preso lanza un escupitajo. La
viscosidad cae en la cara de su enemigo y se va deslizando lenta, sin
prisa. Debajo de la flema se dibuja la sonrisa triunfante del otro,
quien hace ademán de levantarse.
-- Ya
te he dicho lo que te espera, y noto que no me dirás nada. Pues
bien: yo me voy. Ya he visto suficiente. Para quienes amamos el
poder, la visión de un hombre humillado es reconfortante pero cansa
pronto, y tengo asuntos muy urgentes que resolver. El mundo gira,
¿sabes?, y hay que aprender a girar con él. Te veré por ahí,
Saddam.
Dicho
esto, George Bush se levanta de su asiento. Las luces se apagan,
dejando a Hussein sumido en la oscuridad.