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sábado, 16 de julio de 2011

El arte (o la muerte) del DJ

Antes de empezar, y previendo la multitud de comentarios al respecto, he de decir que me referiré al DJ (que habría, caprichosamente, de leerse "díyei") como aquella persona que pone música en algún lugar abierto al público. No hablo acá, por tanto, de quien crea música nueva, o bien de quien hace mezclas a partir de productos hechos añadiéndoles su visión particular. Me refiero a quien pone la música, como dije, en los que podríamos llamar bares, tabernas, griles o cualquier otro tipo de antro.

Dicho sea de paso: por favor no llegue usted a pedir que le "coloquen" algún "disco". No discutiré sobre el verbo colocar, o al menos no por el momento; quiero detenerme, eso sí, en el asunto del disco. Nosotros, herederos de Discos Fuentes y demás adalides de la grabación local, teníamos una cierta costumbre de comprar elepés, luego casetes, y finalmente discos compactos (los famosos cidís) de los artistas de nuestra predilección. Ahora, para decir lo menos, todo lo que queramos, e incluso más de lo que queremos, está disponible a un clic de distancia. Hay algunos artistas que invitan, en contra de lo que creeríamos, a bajar sus álbumes gratis de internet. Vemos entonces que no solo el concepto de disco (tan caro a la geometría) parece diluirse en la obsolescencia, sino que aquello que podríamos denominar disco, como tal, corresponde perfectamente a lo que damos en nombrar como álbum. El sencillo, o la canción hecha para radio, no podrá considerarse nunca más como disco, ni en el sentido del álbum ni en el de su correspondencia física.

Una vez dicho esto, que no es una mera ostentación, podemos considerar la labor de quien pone la música para otros.

Lo primero que hay que decir al respecto es que la labor apesta.

Y apesta por una sencilla razón, que he dado en llamar "la ley del DJ": te piden una canción, la pones (nunca "colocas") y todo va muy bien; pero luego de ella te van a pedir dos; supongamos que pones las dos, y todos quedan contentos; pero entonces te piden cuatro. Así se va duplicando hasta el infinito. Pero eso sí, no importa cuántas hayas puesto antes: si dejas de poner una eres el peor ser humano que ha parido la Tierra. Puedo atestiguar, al respecto, amenazas, insultos, miradas feas y demás vejámenes.

Lo segundo es que no puedes disfrutarlo demasiado. Cuando crees que es el momento propicio para sonar la siguiente canción, bien sea porque empata sonoramente con la actual o porque cambia sin ser abrupta, siempre habrá alguien solicitando que "coloques un disco". Y lo peor: no puede esperar, sino que tiene que ser la canción siguiente. ¿"Pero me la ponés después de esta"?, preguntan los caraduras. O bien condicionan el pedido: "cuando me la pongás te pido la otra ronda". O inclusive, en casos desesperados, emerge la pregunta: "¿y es que entonces mi plata no vale?".

Lo tercero, al menos a mi modo de ver, es que hay que conservar cierta línea. Si estoy poniendo Metallica no suena bien un Black Eyed Peas de inmediato, y si quiero sonar a Elvis Presley no podré empatarlo con Daddy Yankee. Por supuesto que hay excepciones, porque, si no, ¿de qué vivirían las emisoras? Pero algo tengo claro: trato de que el cambio no sea tan brusco que violente los oídos, ni que sea tan demorado que aburra a la clientela. No obstante ello, ¡cuán difícil es explicarle eso a quien llega a pedir música!

Y cuarto, porque ya me dio pereza escribir más, ¡un bar no es un puto iPod, carajo! Su canción favorita puede sonar muy bueno en audífonos, especialmente porque nadie más la escucha. No tiene que llegar usted a pedir música para su deleite cuando hay otras personas con ganas de escuchas lo suyo.

Bueno, una vez dicho esto, ¿qué querés escuchar?

2 comentarios:

  1. ah jajajajaja, es verdad y como yo pido hast 5 canciones en 1 noche y porfa tocame una de The adicts

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