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miércoles, 20 de julio de 2011

El sexto asesinato

1.

El general Martínez subió las escaleras. Hacía una tarde de domingo perfecta para tomar el sol. Tal vez por eso había decidido probar suerte en aquel lugar.

Le atendió el mozo de siempre. Sabiendo que a su cliente no le gustaba ser identificado, como corresponde a los militares retirados cuando visitan lugares como este, le saludó con una cortesía impersonal, preguntándole incluso, aunque lo sabía de memoria, qué número de chanclas le entregaba. El general –nos disculpará que le llamemos así- sabía que esa impersonalidad tendría su recompensa a la hora de la propina. Pues, si no, ¿cuál habrá de ser la función de quien atiende locales destinados a la lujuria? Esta: tratar a todos con la mayor cortesía, pero sin reconocer a nadie en particular. Aunque haya visto una cara miles de veces, el habilidoso trabajador del lenocinio sabe que sus clientes se la pasan mejor estando de incógnitos.

Especialmente con esta clase de lenocinio.

Así pues, el general tomó sus chanclas, número cuarenta, y se dirigió al vestier… aunque mejor podríamos llamarlo desvestier, pues allí van los clientes a quitarse las ropas.

Habrá que hacer un par de anotaciones sobre el sitio. Si llegamos a tres, ofrecemos disculpas y confites al lector cuando finalice la historia.

La primera: es un sitio solo para hombres. En castellano: un sitio para hombres que gustan de hombres. Homotzetzuales, ¿tsí me hago entender?

La segunda, y a riesgo de que los confites se nos queden intactos: allí estos hombres van a buscar quién, libremente, o sea de gratis, o mejor dicho sin pagar un peso, les dé lo que quieren, o bien lo que no quieren pero con lo que se conforman.

Para decirlo brevemente, el general Martínez estaba entrando en un sauna para maricas. Allí vale todo: quien ingresa, con la sola seguridad que brinda una minúscula toalla, puede estar en lugares iluminados u oscuros, húmedos o secos. El cliente elige: puede ser una sala abierta, con relámpagos de porno en alguna pantalla; o bien un baño turco, vaporoso y desconocido. Hay quienes cuentan historias de cráquenes tenebrosos, llenos de tentáculos: una vez has entrado al baño turco, cientos de tenta-culos buscan alcanzar tus partes menos vigiladas.

El general Martínez prefería la barra del bar. Tenía algo de luz natural, vista a la piscina y, digámoslo, una perspectiva privilegiada de los concurrentes.

El lugar estaba repleto. Por todas partes se veían torsos, tatuajes, pieles brillando al aceite. Hombres iban y venían. El general pidió un vodka con hielo. Lo recibió sin siquiera agradecer, mirándolo apenas. Ya tenía muchos estímulos para admirar en el ambiente. Pero él, curtido de combates, conocedor de las flaquezas humanas, buscaba algo que se le hiciera irresistible.

Como siempre.

Para salir como siempre: decepcionado de sí mismo, del mundo, de los hombres. Para seguir en su vida de soltero jubilado a los cincuenta, amando a su gato y odiándose a sí mismo.

Pero hoy va a ser diferente, se decía. Tiene que ser diferente.

Estaba pensando en eso cuando, al lado suyo, sucedía una conversación acalorada.

Había tres hombres en una mesa: uno muy viejo, algo ebrio, manoteaba al hablar; otro, de mediana edad y bastante obeso, que pronunciaba monosílabos ininteligibles cada tanto y suponemos que estaba borracho; y uno más, muy joven, enjuto y con voz temblorosa, que sostenía una botella de cerveza casi llena. Estaban hablando de brujería. El viejo decía una vez y otra que todo era una patraña, que había por ahí un señor muy adinerado entregando no sé cuántos millones de dólares a quien le demostrara científicamente cualquier actividad adivinatoria o, en sentido amplio, paranormal, y que la brujería era el complemento de la religión en cuanto a anestesiar el pensamiento se refiere. El joven, citando algunos eventos vividos y otros referidos, preguntaba cómo podría discutirse la veracidad de eventos inexplicables, atribuyendo poderes ocultos a las cosas que no vemos.

Viendo que la discusión se tornaba violenta, los licores muchos y los argumentos pocos, y que el alboroto ya causaba corrillo entre los clientes, mi general Martínez se acordó de la voz de mando e, interponiéndose, prorrumpió:

-¡Ya basta! La ciencia dice tener la verdad, pero eso no nos quita que haya mucha parte de la verdad que aun no se revela a la ciencia. Ahora bien, eso tampoco nos pone que los brujos tengan la verdad. Hay, eso sí, muchas cosas que no nos explicamos, ni por ciencia ni por brujería. Creo, pues, en el punto medio, y espero sea el punto final de este absurdo. Dicho esto, ¡ya cállense!

Ni para qué decir que reinó el silencio.

El general levantó su vaso y notó, más allá del hemiciclo brillante del cristal, una cara conocida. Cerró los ojos y se tomó el trago a fondo blanco. Cuando volvió a mirar no encontró esa cara. ¿Dónde estaba?

Es este personaje que he visto en… hmmm… no recuerdo, pero sé que he visto. Y ahora no está. Tiene cara de llamarse Augusto. Sí, Augusto. Pero qué güevonada me cogió ya pues –se decía el general Martínez-, dizque poniéndole nombres a la gente que he visto por ahí. Como si uno no viera todo el tiempo a los porteros o a las empleadas uniformados, y luego los ve sin uniforme y uno dice sí, yo lo he visto pero no sé de dónde, esperate y verés que ahorita me acuerdo. Eso le pasa a cualquiera, ¿no?

Miró hacia la mesa. Allí ya no estaban ni el viejo ni el gordo. El chico le miraba un tanto extrañado.

Nuestro héroe, exaltado con el licor, se aproximó sin vacilar.

-Mucho gusto mijo, Martín.

-Dubán.

Hubo un silencio largo. Dubán tomaba traguitos diminutos de su cerveza mientras Martín, ya que quiere que así lo llamemos, le miraba de arriba abajo. ¡Y vaya Dubán! El jovencito estaba muy bien hecho. De cuerpo delgado pero a tono, tenía las huellas de algunos ejercicios.

Tal vez no iba a ser un domingo como todos.

2.

Estamos en una habitación de motel barato. Creo que he bebido mucho. Apenas me acabo de despertar. Me duele la cabeza.

A mi lado duerme Dubán completamente desnudo. Dejó su espalda por fuera de la cobija. Qué rico acariciársela suave, suave… para que no se despierte. Que me sienta acariciarle el sueño. Mi mano acude al llamado. Siento sus lanas en mis yemas, delicadas pero densas, como selva llena de guerrilleros dispuestos a hacer el amor. ¡Pero qué cosas pienso! Yo, todo un general, y me pongo en estas pendejadas.

Llaman a la puerta. ¿Es acá? Sí, es acá: ya tocaron otra vez.

-¿Quién es?

No dice quién es el condenado. Pero siguen tocando.

¿Por qué será que en estos putos moteles no es como en las películas y hay un ojo mágico para mirar a través de la puerta?

Me va a tocar abrir. Tranquilo general, todo está bien: abra despacio y tenga el ojo abierto.

Abro. Es él.

Ahora lo veo claro.

No hay duda.

Es Augusto.

Me quedo mudo mientras le veo entrar. Cierra la puerta tras de sí y se sienta en la cama al lado de Dubán, mientras yo, de pie, me cago del miedo. Saca un cigarrillo y lo enciende.

-¿Me va a decir otra vez que no me reconoce, general?

Un momento. ¿Es Augusto? ¿Augusto, Mitú, años noventas? ¿Por qué me acuerdo de su nombre y no de su apellido? ¿Y por qué está aquí, si hace muchos años que murió?

-…¿o prefiere que lo llame Martín, mi general?

Bueno, esto ya es demasiado. ¿Me volví loco o qué?

-Como quiera, Martín, está usted en una trampa.

¿Y me lo dice? Pues hombre, ¡claro que estoy en una trampa, tan horrible como el infierno! Quiero decirle algo; él me mira a través del humo, sonriente, irónico, pero también apesadumbrado. Se lo voy a decir.

-Si esta es una trampa, Augusto, ¿por qué estás aquí?

-Porque soy el único leal a usted. Y siempre lo ha sabido.

-Augusto, vos estás muerto. Te enterramos hace varios años.

-Mi general, con todo respeto, eso no es lo que importa en estos momentos. Vea: usted está en grave peligro. Este muchacho que está en la cama es un enviado de sus enemigos.

¿Perdón?

-Hey, vení… ¿vos no estás muerto?

-¿Cómo dice mi general?

-Sí Augusto, ¿a vos no te enterramos con honores? Ya me acuerdo de tu cara: estabas muy ensangrentado por las esquirlas. Si te enterré, ¿por qué estás aquí?

-Ay, mi general, otra vez…

-¿Pero cómo que otra vez? ¡O vos te explicás o te me abrís pa la puta mierda, porque ya me tenés es volando en el pelo!

-Hable pasito mi general.

¡Cierto! Dubán sigue dormido ahí. Y yo acá, hablando con un soldado al que enterré hace años. Ahora sí que se me corrió la teja. Donde ese man se despierte y me vea hablando con este aperecido…

Pero no es un aparecido. ¡Es real! Lo puedo tocar tanto como a Dubán, o a la cama, o a mi propio brazo. Augusto me mira sorprendido, ¡el muy conchudo este! Debería ser yo el sorprendido, ¡y él me mira a mí como a un espanto!

-Mi general, bajemos la voz. Aunque no lo digo por este peladito, porque igual está tan dopado que no creo que sea amenaza alguna.

-¿Qué?

-No se preocupe por alias Dubán, ya lo tenemos neutralizado. El problema, mi general, es que él no puede salir vivo de aquí.

-¿Ah, no? ¿Y por qué no?

-Él tiene información confidencial suya, mi general. A eso vino. O mejor dicho: por eso estaba alias Dubán en el sauna.

-¿Me estaba esperando?

-Por supuesto, mi general. Un hombre como usted tiene enemigos sofisticados. No puede ser incógnito en un sitio al que va varias veces. No. Le esperaban allá. Le esperaban con todo y su libido; con todo y su, y me disculpa, cursilería. Así es, mi general. Y yo solo obedezco sus órdenes.

-¿Cuáles órdenes, maldita sea?

-Sus órdenes, mi general. Advertirle cuando sus enemigos sean un peligro inminente.

-¿Yo te di esas órdenes?

-Me dio órdenes de vigilarle a cada paso, de escoltarle siempre. Me dijo que me haría pasar por muerto y que me tomaría como tal, y que incluso se sorprendería de encontrarme entre los vivos. Me dijo que usted olvidaría todo el asunto de manera oficial e incluso real. Me dijo que aunque yo le contara esto usted no me lo creería. Y sí, mi señor, soy yo: su más humilde servidor, haciendo su voluntad sobre la mía. Aunque ¡válgame Dios! Ya le he dicho esto mismo tantas veces...

-Pero, ¡estás muerto! Augusto, yo te vi morir.

-Mi señor, sus enemigos son quienes quieren verle morir. Y su instrumento se encuentra justo ahí…

Miro hacia donde señala Augusto. Es la cama, ¡pero no es la cama! Me señala al cuerpo de Dubán, o de alias Dubán, el enviado de mis enemigos.

De pronto lo comprendo todo.

Querían seducirme los muy malditos…

¡Pues no, ni por el putas!

Voy a dejarles un mensaje claro, uno que no se les olvide, uno que nunca se les borre de la mente. Porque es que no se metieron con nadie, se metieron con un hijueputa general de la República que, aunque retirado, y aunque algunos digan que anda como orate, está en todos sus cabales, sí señor, y sabe que su Siervo y siempre bien entrenado lacayo habría de traerle este juguete para divertirse.

¡Oh dilecto placer de la caza! ¡Dulzor de la piel, hedor de la sangre! ¡Oh tú, delicia del asesinato, a la cual nos hemos entregado generales, clérigos, políticos, empresarios, mafiosos, hampones, nobles, doctores y escritores de malos cuentos por igual! ¡Oh bacanal sin fin que nos haces hermanos en la humanidad, libido portentosa y destructora, desenfreno y sabiduría!

¡Oh de mí ahora que soy Yo!

¡Oh de esta almohada que aplasto con toda mi fuerza en la cabeza de Dubán!

3.

El general Martínez despierta en su casa. Una resaca enorme le hace suponer una ebriedad digna de Noé. ¿Hasta dónde le llegaba la memoria del día anterior? Si acaso hasta tomarse unos tragos en la barra del sauna, que quizá fueron muchos.

Mientras desayuna, empantunflado como corresponde al lunes de un jubilado solterón, sintoniza el radio en su emisora favorita, esa que le gusta tanto por confrontar a los personajes y hacerlos quedar, como se dice, al desnudo. El gato pasa al lado de la radio buscando su alimento. En la radio hablan de las noticias locales.

-Esta mañana la ciudad ha amanecido con un cielo seminublado y ligera brumosidad. Para destacar tenemos que las autoridades encontraron, una vez más, un cadáver en un motel de la zona céntrica, dictaminándose la causa del deceso como asfixia mecánica. Como antes, es un hombre joven menor de veinte años. Este es el sexto caso que se encuentra por estos días en las mismas condiciones. La policía y todas las autoridades correspondientes andan tras la pista de lo que se considera, desde ya, un caso de asesinatos en serie.

El general no puede evitar una risa ante la noticia.

-¿Un asesino en serie? ¡Por favor! Como si no hubiera ya bastantes de esos por acá. ¡Pfff! ¡Cortinas de humo! Esos medios ya no saben qué más publicar.

Y sintoniza una emisora de jazz.

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