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viernes, 4 de noviembre de 2011

Crónicas capitalinas

Todos en la vida tenemos momentos en los cuales nos sentimos alejados y solos. Por cuestiones de trabajo, hace unos 3 años viví uno de tales momentos, estando en la fría capital colombiana. En parte como ejercicio, en parte como manera de actualizar a mis amigos y en parte, gran parte, como medio de catarsis, escribí esta suerte de crónicas, en tres entregas, que me decido a compartirles hoy sin modificarles ni una tilde. Ofrezco disculpas por las fallas de redacción que encuentren. Sin más preámbulos, con ustedes: las Crónicas capitalinas.

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Antes de introducirme en la aventura de escribir, ofrezco disculpas a mis atentos lectores por la falta de tildes que veran (¿si ven?) en este texto. Este teclado se niega a permitirme el uso de tan bello signo ortografico, y me siento rarisimo ante la falta de semejante aditamento.
Ahora si, tras la salvedad, a lo que vinimos.
A las 7:40 de la mañana de ayer domingo, el bus de la empresa Rapido Ochoa se encontraba atestado de pasajeros quienes, con cierta impaciencia, comprensible por demas, esperabamos ansiosamente la salida de la Terminal del Norte. Este hecho, no obstante, solo sucedio a las 8:00, con lo cual sumabamos ya 20 minutos de retraso. Me ubique en la silla designada para mi, la numero 21, justo al lado de una ventana en la zona central izquierda del vehiculo.
Tras la salida cai dormido irremediablemente, pues estaba en mora conmigo mismo en unas cuantas horas de sueño. A ratos me despertaba ambiguamente para ubicarme en el espacio-tiempo, y luego volvia a sumirme en el mas profundo sueño. Asi pude ver como dejabamos atras Marinilla, Cocorna y San Luis. Sin embargo, cuando nos adentrabamos en la bella y calurosa zona del Magdalena Medio antioqueño, hice ingentes esfuerzos para mantenerme alerta y contemplar los paisajes. Pude ver, entre otras cosas, el estado actual de la Hacienda Napoles, que esta en proceso de recuperacion y reactivacion turistica. Serian alrededor de las 11:00 de la mañana cuando cruzamos el imponente Rio Magdalena, cuyas caudalosas aguas marcan el fin del territorio antioqueño. Hacia unos dos años que yo no salia del perimetro departamental, el cual he recorrido en diversidad de sus puntos. De ahi en adelante mis referencias se tornaron vagas, pues en muy pocas partes ven los lugareños la necesidad de poner, en sus letreros, el nombre de la poblacion a la que pertenecen.
A eso de las 11:40 llegamos a un restaurante llamado "El Fogon Paisa" (ya fuera de Antioquia, como recordaran), para disponernos a almorzar. Como llevaba un rato de abstinencia nicotinica, lo primero que hice al bajar fue encender un dulce Royal y recibir en mi humanidad el calor seco de la zona. Una vez terminado, me compre una bandeja paisa con carne sudada (deliciosa), que no pude terminar porque, cuando iba por la mitad, anunciaron por altoparlante que el bus iba a arrancar. Alcance a saciar mi hambre, por lo menos, y mis ganas de fumar.
Para no abrumar con detalles, seguimos nuestro recorrido por la planicie ribereña, cruzando el Magdalena un par de veces mas. Por fin comenzamos el anhelado ascenso (serian las 2 o 3 de la tarde, no estoy seguro), en el cual nos toco muchas veces armarnos de paciencia, por la cantidad de tractomulas que subian la cuesta hacia la Capital.
Por fin, luego de tan larga espera, y con mis nervios abrumados por la falta de cigarrillo, llegamos a la terminal a eso de las 6:00 de la tarde. Cabe anotar que aqui le dicen "El terminal"; cuestion que me puso a preguntarme por el genero de tan noble lugar. Ni siquiera alli pude calmar mi antojo, pues a la salida me encontre inmediatamente con una fila (aqui le dicen "cola", para mi gran regocijo) de personas que solicitaban servicio de taxi. Como quien dice, del bus pase directamente al taxi.
El conductor del amarillo vehiculo, bogotano de pura cepa, si tal puede decirse, me recibio con admirable amabilidad, e incluso me ayudo solicitamente a encontrar la direccion que buscaba. Tras darle la vuelta una vez y otra a la carrera 127, por fin dimos con la porteria adecuada. Valga decir que Niza, la urbanizacion donde viven mis primos, es inmensa, y sus cuadras son tan semejantes entre si que hasta la mas fina memoria se enreda. Ya por fin llegue, converse un rato con mis primos y me fui a la cama, a encontrarme por fin en el pais de los sueños.
Esta mañana, luego del desayuno de rigor y de sorporenderme con los ultimos hechos de la actualidad colombiana, he hecho plastificar (aqui le dicen "laminar") mi dichosa escarapela, y he pagado una hora de internet para, entre otras cosas, escribir esto para ustedes. Creanme que me siento como un perfecto extraño en estas tierras de "uish"es, palabras extrañas y acentuaciones dignas de seres castrados o, por lo menos, agarrados por las pelotitas. Espero que el dia me rinda hoy para establecer mis recorridos por la ciudad y ponerme en contacto, entre otras, con las personas a visitar y con Nancy, mi contacto de Cadena S.A. en esta urbe.
Quedan por fuera muchas consideraciones y sensaciones. Espero tener pronto el tiempo suficiente para desquitarme y contarselas con detalle. Por ahora me limito a saludarles y a solicitarles me auguren exitos en esta ardua empresa, que ha traido a Fragua hasta la capital.
Esperen mas entregas de estas cronicas de un fraguando en la grande Babylon.

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Tantas cosas pueden suceder en tan poco tiempo, y algunas de ellas pueden ser tan cruciales para quien las vive... Soy conciente de que en estas crónicas no cabe la totalidad de eventos y circunstancias que agobian o alegran a este paisa en tierras sabaneras, en la inmensa altiplanicie que es el corazón de nuestra Patria golpeada y puñetera. ¡Oh musas del Olimpo, espíritus nobles de los chibchas, Zipas y Zaques! A vosotros imploro la inspiración que requiero, la concisión de los buenos cuentos, la serenidad de espíritu...
Dejé mi narración en el día de ayer (lunes), por la mañana, cuando me encontraba en aquel café internet cuyo odioso teclado carece del preciado apóstrofe. Mis atentos lectores seguramente recordarán ambos hechos.
Pues bien: De allí salí a dar una vuelta por la zona de Niza para, entre otras cosas, verificar si podía retirar dinero con mi tarjetica verde del Banco Agrario, lo cual no fue posible, para variar; y para conseguir un cargador de celular, pues el mío se extravío en algún clandestino recoveco de mi hogar medellinense. Acto seguido, si es que los actos se siguen unos a otros, emprendí el rumbo hacia el centro de la ciudad, concretamente a la hermosa zona de La Candelaria, para buscar sosiego para mi espíritu y una que otra fotico. No sobrará mencionar que mis primos, en la pasada ocasión que tuve de visitar la ciudad, dos años ha, me habían advertido de lo peligroso de la zona, arguyendo, entre otras, la cantidad de atracos y actos delictivos que allí podrían pasar. Me permito en este punto unas frases como digresión: Sabido es que el pueblo colombiano es de los más prevenidos y desconfiados sobre la tierra, pero he notado que los bogotanos son especialmente paranoicos. Desde que llegué a estas tierras he oído comentarios e historias de toda clase de robos, narradas por toda clase de personas que incluyen a mis primos, a taxistas, conductores de bus, amigos ocasionales,... Supongo que en esta ciudad la problemática es mucho mayor que en nuestra tierra, que, como bien saben, está sola para este tipo de conductas. Una vez dicho esto, retomo el hilo de mi historia, que por ahora tiene matices felices.
He dicho que vine de vuelta a La Candelaria, un sector en el que justamente me encuentro mientras redacto esto. Aproveché, pues, para dar la caminata de rigor, recorriendo la Plaza de Bolívar y sus monumentales edificios circundantes. Cuando pueda les compartiré foticos, que están bien buenas. Luego de un rato entré a un cafecito bien interesante, en el cual solicité el favor de que me pusieran a cargar el celular, que estaba más muerto que Raúl Reyes. Quien parecía ser el dueño del local, un bogotano muy atento, bien presentado y hasta interesante a la vista, se ofreció gustoso a servirme con ello, mientras yo degustaba un delicioso tinto con amaretto y contemplaba, en el televisor, la rueda de prensa que, a pocas cuadras de allí, estaba ofreciendo el general Naranjo, director de la Policía Nacional, sobre los archivos encontrados en el computador que han revisado. El señor en mención se sentó en otra mesa a un lado mío, y empezamos a comentar los extraños sucesos de los últimos días. Dejaba ver una posición radical a favor de Uribe y sus políticas, mientras yo me limitaba a parafrasear lo que decían las presentadoras de RCN. Para no alargar el cuento, pasada una hora cancelé mi compra, recibí mi celular y cargador de vuelta, y me despedí. Es halagador ver cómo hay personas tan atentas en una ciudad tan fría, no sólo de clima, sino de indiferencia.
Salí de allí y, a un par de cuadras, entré a la famosa biblioteca Luis Ángel Arango. Allí me quedé leyendo un rato, y luego me dirigí hacia el sector de Chapinero, para dar cumplimiento a una cita que había acordado previamente. Por supuesto, no les daré detalles de la cita: les contaré, eso sí, que me perdí de vuelta en la inmensa maraña de rutas del Transmilenio, que está mucho más complejo que antes. Llegué a la casa a eso de las 9 para encontrar a mis primos viendo Los Simpsons y comiendo. Pronto me fui a dormir.
Un detalle se me escapaba, como suele suceder: A mi "amiguito ocasional" le comenté lo de las visitas, y le dije que esperaba hacer al día siguiente (hoy) la correspondiente a Soacha (aquí le dicen "Suacha"). En resumidas cuentas, quedamos de vernos allí, pues él tiene familia en ese municipio al sur de Bogotá. "Eso es bueno", pensé. "Así me puede ayudar a orientarme".
Esta mañana me fui nuevamente a revisar el correo y a tratar de imprimir nuevos mapas. Por cierto, uno de mis primos trabaja con una empresa que elabora mapas, y me sugirió usar la página de ellos: www.mapaslatinos.com. Por supuesto, para no alimentar la competencia, usé este novedoso (para mí) recurso informático. No obstante, el resultado no fue muy distinto al que ya había obtenido usando el otro servicio que me había recomendado Alejandro. Luego de esto, hablé con Nancy, mi contacto en Cadena Bogotá, para cuadrar lo de la visita en Soacha. Hablé también con la evaluada, y pactamos una visita para después de las 4 de la tarde. Así que emprendí mi viaje hacia el mediodía, con el oscuro fin de cumplir mi cita previamente. Al abordar el Transmilenio, recordé las advertencias y, para evitar, metí mi billetera en el bolsillo delantero de mi bolso, cuidando de cubrir el cierre siempre con mi mano derecha y dejando la izquierda para asir el tubo. Cabe mencionar que el sur de Bogotá, y Soacha en particular, tienen fama de peligrosos, y ni qué decir del "Transmilleno".
Luego de dos transbordos, un bus alimentador y una buseta, llegué al sitio pactado para el encuentro, al inicio de Soacha. Allí encontré al sujeto en cuestión, y nos dirigimos hacia la casa de sus primos que, para nuestra ventaja, estaba sola. Paramos un momento a comprar algo de almorzar en un local de pollos asados, y en ese momento, cuando me senté, vi que el cierre de mi bolso estaba abierto. Podrán imaginarse el susto que me embargó en ese momento, temiendo lo peor. Abrí el cierre con trémula mano, para comprobar... que todo estaba allí, salvo la billetera. Ahí fue Troya. Entre asustado, triste y malgeniado, repasé las pertenencias que había perdido: Mi cédula, la tarjeta verde del banco, la libreta militar, el carné de la EPS, la tarjeta Cívica del Metro,... y aproximadamente $90.000. Mi amigo sólo atinaba a mirarme con tristeza, y a sugerirme que revisara bien en todo el bolso. Yo, aunque sabía que eso era inútil, cedí ante la tentación de la esperanza y rebujé por todas partes... sin resultado, por supuesto.
Resolvimos ir a la casa a almorzar y pensar con calma. Yo ni siquiera probé bocado, y mientras mi gentil anfitrión devoraba pollo como un inane, yo me puse a llamar a quien se me iba ocurriendo... a mi padre, a Nancy (la de Cadena), al gerente del Banco Agrario de Anzá,... Por fortuna este último, quien pareció comprender perfectamente la angustia que me embargaba, me dijo que la tarjeta ya estaba bloqueada, y que el saldo estaba intacto. El alivio, sin embargo, no era completo, pues de nada me servía el saldo completo si no podía retirarlo. Así se lo hice saber a Mauricio, el gerente, quien me dio una alternativa desesperada: "Vaya y ponga el denuncio", me dijo, "y anote el número de la cuenta y de la tarjeta. Con esos datos busque una oficina del Banco Agrario allá... en la Jiménez hay una... y diga que usted se va a hacer un giro a usted mismo". "Muchas gracias", le contesté, y me dispuse a realizar la diligencia con paso nervioso. Caminé varias cuadras por Soacha, sin poder evitar que acudieran a mi mente recuerdos de las zonas populares de Medellín. Hasta un barrio, enclavado en un morro, me recordaba a nuestro Moravia en su apogeo.
Llegué a la Inspección de Policía, siguiendo las cada vez menos ambiguas indicaciones que me daban aquellos a quienes preguntaba. Una señora no muy cordial, pero tampoco grosera, me recibió la denuncia con sorpresa, casi con risa, mientras yo enumeraba lo que había perdido. Más se demoró ella en arrancar la hoja de la máquina de escribir que yo en emprender la huída, buscando algún bus que me trajera directamente a la Jiménez.
Caminé unas cuatro cuadras, y llegué a la oficina del Banco Agrario más grande que he visto en mi vida, y a su vez la más congestionada. Allí me la pasé de taquilla en taquilla narrando mi tragedia, repitiendo con lastimera voz lo que me sucedía. Una de las dependientas se compadeció por fin, pero me dijo que sin cédula era imposible que me entregaran dinero. "Comprensible", pensé, "pero esto no puede ser". Así se lo dije a ella, añadiendo el tinte melodramático: "mirá" (explotando el acento paisa) "que estoy solo en una ciudad extraña". Ella, tras pensarlo un momento, me envió adonde el director operativo, un señor Juan Carlos. Me dirigí a su oficina y pasé tímidamente, diciéndole: "necesito un favor suyo. Si tiene un pañuelo, pásemelo por favor, que la historia es triste". El hombre, sonriendo, me invitó a sentarme. Yo le conté la historia lo más resumido posible y él, tras verificar algunas cosas en su PC, me pidió la copia del denuncio. "¡Huy!", exclamó. "¿En dónde le sacaron a usted este denuncio a máquina?". "En Soacha", contesté. El hombre no pudo dejar de reir, mientras accedía, al parecer, a la información de mi cuenta. Tras llamar a la sucursal Anzá me pidió unos datos para verificar, y luego me extendió un formato de retiro, que yo llené gustoso. El director se levantó y fue hacia una de las taquillas, y al rato volvió con el fajo de billetes más bonito que he visto. ¿Se imaginan? ¡Casi le doy un pico!
Y bueno, así va mi historia. Espero hacer mañana la visita de Soacha, teniendo mayores precauciones. Les mantendré informados de mi suerte, que espero mejore notablemente en estos días. Y si creen en alguna fuerza superior, rueguen para que, al menos, aparezcan mis papeles.

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Una vez más me siento ante un teclado para narrarles las peripecias del primer trabajo de Fragua por fuera de las fronteras antioqueñas. Esta vez, espero, las noticias son mejores que las ofrecidas en anteriores ocasiones, o cuando menos no son graves.

Dejé mi narración en el momento posterior a mi visita a la sede del Banco Agrario de la Avenida Jiménez, que viene siendo como una especie de "La Playa" medellinense, pero con las notables diferencias de que la atraviesa el sistema Transmilenio, y de que allí se encuentran varios de los ministerios y oficinas estatales de alta alcurnia. Es, en realidad, un bonito lugar para recorrer, para quienes no hayan tenido la fortuna de conocerlo. No creo que hayan sucedido más cosas memorables ese día, salvedad hecha, quizá, de la actualización en los últimos hechos que me vi forzado a realizar para mis primos. Imaginarán ustedes las caras de preocupación de los mismos. Pero bueno, tras una amena charla con ellos, en la cual analizamos algunos aspectos de la presentación de Colombia ante la OEA, me fui a la cama a dormir. Por cierto, hay un detalle que no había mencionado hasta ahora, y que amerita una pequeña digresión (¿ven el daño que me ha hecho Swift?) para explicarlo. Así que, con sus permisos, me voy para la porra con el tema, pero prometo regresar tras un corto párrafo.

La urbanización Niza es un complejo residencial de casas y edificios ubicado al norte de la ciudad capital, muy cerca del Bulevar Niza, en el cruce de la Avenida Suba con la Calle 127. En uno de los edificios, que aparentan tener una edad mayor a la mía, residen mis primos. Son ellos 3 hombres profesionales de la ingeniería, solteros y cercanos a los 40 años (uno de ellos ya los rebasó). Resulta que ellos, como todos los seres humanos, provinieron de la conjunción de gametos de un hombre y una mujer (¿en serio?); la mujer, hermana de mi madre, fue a su vez mi madrina; el hombre, primo de ésta, fungió de padrino de este pobre pelotudo que escribe. Ambos fallecieron: mi madrina hace unos 19 años, y mi padrino hace unos 3. Así que mis primos se quedaron con el apartamento familiar, utilizando las mismas habitaciones que siempre habían utilizado, y dejando prácticamente intactas las cosas que fueron de sus padres. El detalle escabroso consiste en que ellos originalmente no fueron tres hijos, sino cuatro. El otro primo falleció siendo muy joven, antes aún del deceso de su madre (mi madrina), y también su habitación se conserva como una especie de museo, con los libros que tenía, la colección de latas del mundo que hizo crecer, y una macabra fotografía suya en blanco y negro. Pues bien: este museo es mi habitación en esta fría ciudad. En otras palabras: yo duermo en la cama del muerto, viendo su foto todas las noches mientras me despojo de mis sudorosas ropas, y quizá cubriendo mi cuerpo del frío con la misma cobija que él usó. Por fortuna no soy muy creyente en vidas tras la vida, ni en espíritus anclados a la realidad material (¿recuerdan alguna canción de The Police?), por lo cual puedo dormir plácidamente. No obstante, el asunto es un poco escalofriante, ¿no lo creen? He tomado unas fotografías de la habitación, que les compartiré en su momento.

Tras la digresión, retomo el hilo de mi historia.

Ayer (miércoles) decidí dormir hasta tarde, y asi se lo hice saber a uno de mis primos, quien, como parece ser su costumbre, se encontraba en pie desde muy temprano, y se despedía de mí a eso de las 7:30. Me tome el tiempo, pues, para hacer la pereza que le debía a mi cuerpo, tras el largo viaje del domingo y las madrugadas, sustos y vueltas del lunes y martes. Luego de un delicioso baño con agua caliente y un desayuno medio improvisado, salí al mundo capitalino, abordando el famoso Transmilenio con rumbo a la Jiménez, una vez más. Para ofrecer un poco de contexto, la estación queda a un par de cuadras de mi lugar de hospedaje, y la ruta que abordo allí no va directamente hacia el que era mi destino, por lo cual me tocó hacer transbordo. Es esta una práctica habitual de los viajantes de tan flamante sistema, y por ello los mapas son complicados de interpretar. El recorrido desde mi abordaje hasta mi descenso tomó cerca de una hora, soportando durante la misma los vaivenes de los buses articulados atestados de gente, y la perspectiva de un aguacero torrencial. En la Jiménez me puse a buscar como loco un paquete de Royal, mis cigarrillos preferidos, pues en ninguna tienda los había podido hallar. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al recorrer diferentes cigarrerías, noté que en ninguna parte se consigue el preciado botín. Al parecer, esta ciudad no conoce el Royal, o alguien acapara toda la producción. Ni siquiera en los almacenes de cadena (que no de Cadena) se adquiere el delicioso vicio. Así que, por ahora, soy un resignado consumidor de Belmont.

El caso es que me quedé un buen rato en los alrededores de la Candelaria, recorriendo algunos lugares de interés y realizando llamadas necesarias para mi labor. Cuando estaba saliendo de hacer la primera tanda de llamadas, un aguacero se desató sobre el sector, proveniente de Monserrate y los Cerros Orientales. Corrí una cuadra, tal vez, hasta llegar al museo del Banco de la República, en donde hay una tienda de Juan Valdéz. Compré un delicioso tinto campesino (¿lo han probado? se los recomiendo), y me senté en una mesa a ver llover y a seguir realizando llamadas, esta vez desde mi celular. Entre otras, tuve la fortuna de hablar con Ana Lucía, quien me reclamaba vehemente por haberse enterado tarde de la pérdida de mis documentos. "¿Que te atracaron?", me preguntó. Yo le precisé la historia refiriendo someramente los hechos descritos en la anterior entrega de estas crónicas, y la invité a que las leyera. Hablamos, entre otras cosas, de las mil dificultades que han surgido para la apertura de nuestra cuenta bancaria. Espero, ya que toco el tema, que este asunto se pueda resolver lo más pronto posible, para bien de la Corporación y de nuestros compañeros ejecutantes.

Una vez escampó me dirigí una vez más hacia el Transmilenio, rumbo hacia la sureña población de Soacha. Una vez allí, siguiendo las indicaciones que me habían dado para llegar al sector Luis Carlos Galán I (recuerden, o entérense de, que a este importante personaje de la historia reciente colombiana lo asesinaron justamente en este municipio), abordé un minúsculo colectivo que decía "Soacha parque". Iba yo muy pendiente del famoso parque, pero nunca lo vi; lo que sí vi fue cómo la urbe se iba quedando atrás, y nos adentrábamos en una zona semirural con carretera destapada. "¡Pardiez!", me dije. En ese momento me llamó el señor representante legal de la CORPORACIÓN SOCIAL FRAGUA para decirme que había una visita urgente. Con un humor que no era el mejor le contesté que ahora no podía hablar mucho, y que le llamaba luego. Esperé en mi asiento, no obstante, hasta llegar a la última consecuencia. "Quizá este carro dé la vuelta y regrese al parque". Mi esperanza se esfumó cuando el conductor del automóvil, cuyo único pasajero era este escribiente, se detuvo en un lugar y apagó el motor. Apelé entonces a la cortesía, y le informé de mi necesidad de llegar al parque. El señor, muy amablemente, me indicó que me montara en otro colectivo, el cual me dejó a unas 4 cuadras del famoso lugar público. Caminando hacia allí me topé con una estación de Policía, y me aproximé a uno de los uniformados con mi cuaderno en la mano. "¿Me podría indicar, por favor, dónde me da esta dirección?". El agente, tras inspeccionar los número con cara de extrañeza, me preguntó si me habían dado alguna seña particular. "Luis Carlos Galán, sector I", le dije. El hombre hizo una mueca de preocupación, y me dijo, señalando hacia el horizonte: "Le toca subir a ese morro". Efectivamente, señores y señoras: El morro del que les había hablado en la entrega anterior, que se me asemejaba a Moravia, era ahora mi destino. ¿Se imaginan?

Seguí las indicaciones del policía, y caminé unas 6 cuadras más. La famosa buseta de Cazuca (así se llama el morro) no pasaba, y yo veía como se acercaban las 5 de la tarde. Por supuesto, como no quería que la noche me encontrara en semejante sitio, paré un taxi. El conductor me dijo que no conocía direcciones, y añadió: "yo lo llevo, pero hasta donde haya carretera pavimentada". Asenti con resignación. Tras unos metros de recorrido que no alcanzaban ni siquiera para marcar la carrera mínima, el conductor giró a la derecha hacia una estación de servicio, solicitándome permiso para tanquear. En la bomba aproveché para preguntar por el sector, y un taxista dijo: "¡Uiiish! Esa dirección le da en Bosa". Valga decir que Bosa queda en Bogotá, mientras Soacha es un municipio aledaño. Maldiciendo mi suerte me encontraba, cuando un sujeto joven, que tanqueaba el colectivo a su cargo, me preguntó si me habían dado alguna seña. Repetí, una vez más, el nombre del sector, y añadí una seña adicional: "Cerca al supermercado Cazuca". "Estos carros van para allá", me dijo. "Si quiere yo lo llevo". Con inmensa alegría me devolví hacia el primer taxista y le pagué la carrera, abordando enseguida la busetica verde con blanco. Dimos una pequeña vuelta, tras la cual el hombre detuvo el automotor y me señaló otro, diciendo: "Dígale a este señor que usted va para el supermercado DE ARRIBA, el de al lado del transformador". Eso hice, en efecto.

La nueva buseta comenzó un irregular ascenso por Cazuca. Si desde el valle se veía como un sector deprimido, entrar en él confirmaba enteramente la impresión. Callecitas estrechas, sin pavimentar, se ubicaban entre las casitas improvisadas, algunas de ellas quizá de dos metros por dos. La gente que habita el sector caminaba hacia arriba y hacia abajo, con unas pintas y unas caras que me hicieron palidecer. Así fuimos subiendo, subiendo, mientras yo veía cómo Soacha se abría majestuosa a la vista del morro. Cuando por fin coronamos la cumbre, el ayudante me dio la indicación respectiva para llegar al supermercado. Una vez allí pregunté por la dirección, pero nadie sabía darme señas exactas. Intenté ubicarme con la nomenclatura, en vano. Ni siquiera una señora que gentilmente me acompañó unas cuadras supo al final qué residencia buscaba yo. Desesperado, viendo que eran casi las 6, le pregunté por un teléfono. Ella me indicó una tienda en la cual venden minutos (aquí les dicen "llamá's-llamá's-llamadas" los voceadores callejeros). Para no alargar el cuento más de lo que ya está, hablé con la evaluada, y ella en persona me fue a buscar al supermercado. De allí tomamos un camino irregular en descenso hasta su morada, y realicé la entrevista sin mayores problemas, incluso en un ambiente de cordialidad. Se trata de una familia de "inmigrantes" del Tolima, que prácticamente levantó la casa con sus manos. Luego de culminada la visita, la evaluada me acompañó a subir la loma una vez más, pero esta vez hacia un lugar distinto, llamado, curiosamente, "Santo Domingo". Allí tomé otro colectivo, que a su vez me llevó a un paradero de buses alimentadores, uno de los cuales me transportó, a su vez, al Portal Tunal de Transmilenio. Una hora me tomó llegar a Niza, y para cuando llegué estaba lloviendo a cántaros. Ello no me impidió tomarme unas cervezas antes de llegar al apartamento. Llegué, saludé, comí y, cuando estaba presto a dormir, me llamó Natalia a preguuntarme si estaba bien, pues acababa de ver en las noticias que hubo una explosión en Soacha. "No fue en Soacha", corregí, "sino en Chapinero". Colgué con ella, me despedí de mis primos y me fui de nuevo a la macabra habitación, para leer un rato mientras el sueño me invadía.

Al día siguiente, que es hoy jueves, madrugué a desayunar y a hacer llamadas de confirmación. Me decidí, sin embargo, por llamar a Nancy, la mujer de recursos humanos de Cadena Bogotá, para pedirle que me recibiera y me ayudara con la programación de acuerdo a las zonas. Ella muy gustosamente me dijo que me recibía, y hasta me indicó la ruta de bus que debía usar para llegar allí. La visité, en efecto, y casi me pongo a llorar cuando a la entrada de la empresa me pidieron que dejara "un documento". Dejé, sin embargo, la escarapela de Fragua, y entré. Conversé con ella un buen rato, y hasta me mostró las instalaciones, y me presentó a algunos de los evaluados, con quienes pacté el día y hora de entrevista.

Con mi cronograma ya listo, emprendí la huída. Decidí caminar hasta el Centro Comercial Metrópolis, en donde me encuentro ahora, lo que me implicaba pasar por el gigantesco parque Simón Bolívar y por Salitre Mágico. En total me demoré una hora caminando.

Y aquí termina esta crónica. Esperen más entregas cuando haya nuevo material.

Juan Diego.

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