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martes, 21 de febrero de 2012

Un cuento


Quería escribir un cuento y no podía. Era siempre lo mismo: veía nacer una historia, seleccionaba los personajes, los ubicaba y reubicaba, imaginaba los diálogos, barajaba los posibles finales y, a la hora inapelable de enfrentar la hoja en blanco, las palabras se le escurrían entre los dedos. No es una buena historia, se decía, ya encontraré una mejor. Cuaderno e inspiración archivados otra vez. Hasta que un día decidió que el televisor era el verdugo de su creatividad. Empezó por reducir las ya pocas horas que dedicaba a ver documentales desde su cama, para notar muy pronto que las hojas en blanco seguían arrumándose en el cajón de los cuentos que no nacieron. Debe ser el cable, pensó. La empresa proveedora del servicio le rogó, le ofreció descuentos, tres meses gratis y hasta un cojín triangular, pero no logró convencerlo. Con el cable se fueron los documentales, dejando en su lugar más papel virgen. Angustiado, vendió el televisor. En la compraventa se lo pagaron bien, y por ello al dependiente no le pareció extraño ver al mismo hombre, unos días después, sonriendo y ofreciéndole en venta su equipo de sonido. Televisor y equipo terminaron ubicados en la vitrina de los objetos desterrados. Igual suerte corrió el teléfono, inalámbrico y de marca japonesa. Como el bendito cuento no brotaba, y tras largas deliberaciones, trocó su vivienda urbana por una rural. El campo me ayudará, tiene que ayudarme, le aseguró al que lo miraba desde el espejo. De ahí, alquilar una casita de madera, instalarse en ella, hacerle un sitio al montón de papel que no conocía letra, desesperar de nuevo, idear historias que nadie, jamás, habría de escribir. Dos meses permaneció como ermitaño en su gruta de roble. En febril delirio, optó por suspender la ingesta de alimentos. Y entonces, sólo entonces, vio la trama perfecta, los personajes adecuados, el mejor final posible para cuento humano. Gritó, y su grito despertó a las gallinas y a los perros. Bolígrafo en mano, corrió en busca del cuaderno. No me vencerás esta vez, cuaderno, esta vez no. Y al sentarse a la mesa con la palabra en la mano, su boca exhaló, su cuerpo tembló, y un aneurisma le puso punto final al cuento que nunca fue.

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