Quería escribir un cuento y no podía. Era siempre lo mismo: veía nacer
una historia, seleccionaba los personajes, los ubicaba y reubicaba, imaginaba
los diálogos, barajaba los posibles finales y, a la hora inapelable de
enfrentar la hoja en blanco, las palabras se le escurrían entre los dedos. No
es una buena historia, se decía, ya encontraré una mejor. Cuaderno e
inspiración archivados otra vez. Hasta que un día decidió que el televisor era
el verdugo de su creatividad. Empezó por reducir las ya pocas horas que dedicaba a
ver documentales desde su cama, para notar muy pronto que las hojas en blanco
seguían arrumándose en el cajón de los cuentos que no nacieron. Debe ser el
cable, pensó. La empresa proveedora del servicio le rogó, le ofreció descuentos,
tres meses gratis y hasta un cojín triangular, pero no logró convencerlo. Con
el cable se fueron los documentales, dejando en su lugar más papel virgen.
Angustiado, vendió el televisor. En la compraventa se lo pagaron bien, y por
ello al dependiente no le pareció extraño ver al mismo hombre, unos días
después, sonriendo y ofreciéndole en venta su equipo de sonido. Televisor y
equipo terminaron ubicados en la vitrina de los objetos desterrados. Igual
suerte corrió el teléfono, inalámbrico y de marca japonesa. Como el bendito
cuento no brotaba, y tras largas deliberaciones, trocó su vivienda urbana por
una rural. El campo me ayudará, tiene que ayudarme, le aseguró al que lo miraba
desde el espejo. De ahí, alquilar una casita de madera, instalarse en ella,
hacerle un sitio al montón de papel que no conocía letra, desesperar de nuevo,
idear historias que nadie, jamás, habría de escribir. Dos meses permaneció como
ermitaño en su gruta de roble. En febril delirio, optó por suspender la ingesta
de alimentos. Y entonces, sólo entonces, vio la trama perfecta, los personajes
adecuados, el mejor final posible para cuento humano. Gritó, y su grito
despertó a las gallinas y a los perros. Bolígrafo en mano, corrió en busca del
cuaderno. No me vencerás esta vez, cuaderno, esta vez no. Y al sentarse a la
mesa con la palabra en la mano, su boca exhaló, su cuerpo tembló, y un
aneurisma le puso punto final al cuento que nunca fue.
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