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jueves, 5 de abril de 2012

La flor de Colinia (versión temprana)


Supe de esta historia cuando era niño. Me la contó mi abuelo, a quien se la contó su abuelo, y así hasta el principio de los tiempos (o de mi familia, que para mí es lo mismo). Ahora estoy viejo y tengo nietos a los que quiero legarles este tesoro. No es la misma versión que escuché de mi abuelo, pues gracias a un amigo que conocí en Siria tuve acceso a documentos y entrevistas que me permitieron ampliar muchos detalles y confirmar otros. No sé si la historia sea cierta o no pero eso no importa: ¿cuántos hechos de la Historia (así, con mayúscula) ocurrieron tal y como nos los han contado? Por mi parte diré que he investigado lo suficiente para contar mi versión, y espero que con eso baste por ahora.
Cuenta la leyenda que hace muchísimo tiempo, en un país lejano e inmenso, vivía un buen rey quien, habiendo enviudado poco después de casarse, tenía a cargo, además de sus súbditos, a dos hijos gemelos. Desde el primer momento buscó el monarca instruirlos en las artes de su tiempo, desde equitación y lucha hasta oratoria, convencido de que alguno de ellos le sucedería en el trono.
Un día, sabiendo que sus hijos ya estaban lo suficientemente grandes y preparados, el rey los hizo llamar a su habitación y se reunió con ellos a solas, ordenando la salida hasta de su criada de confianza.
--Mis buenos hijos-- dijo el monarca, hablando sin prisa--, bien sabéis que tenemos nuestras horas contadas en este mundo. Incluso los reyes sucumbimos ante la majestad de la muerte. Miradme: yo soy viejo y no podré retener por mucho tiempo esta corona sobre mi cabeza. Por eso he decidido entregar el trono a uno de vosotros.
Tras un breve silencio, el monarca carraspeó y dijo:
--Hijos míos: bien sabéis que os amo por encima de mi trono, de mis posesiones y de mi vida misma. No podría yo elegir a alguno de vosotros para gobernar sobre el otro. Sé que tampoco vosotros lo haríais con sensatez, pues el poder logra que hasta los sentimientos filiales se rindan ante la codicia. Por eso he consultado con mi consejo de sabios y hemos decidido la manera de elegir, no basados en nuestros pobres criterios, sino en el valor que cada uno de vosotros demuestre.
--¿Y qué tendremos que hacer, padre, para ganar vuestra confianza?-- se dice que preguntaron los hermanos en coro.
--La tarea no es fácil. Muchos hombres la han intentado antes y han sucumbido, llenando de gloria las páginas de nuestra historia. Es posible, y no lo quiera el cielo, que uno de vosotros no vuelva con vida de esta empresa, o acaso ambos perezcan en su transcurso. Así, pues, decidme si queréis participar en este desafío. Entenderé si no queréis afrontarlo, y a quien abdique le daré un título de por vida y tierras para administrar, pero deberá obedecer a su hermano.
Los dos hermanos aceptaron sin vacilar. Después de todo, a ambos los habían criado para ser reyes, y no se conformarían con señorear una villa.
--Muy bien. No esperaba menos de mis hijos. Escuchad atentos: se dice que existe una flor mágica y que quien la posea controlará divinos dones. Nuestros botánicos la llaman la flor de Colinia. Cuentan que esta flor cura enfermedades y brinda sosiego al espíritu, con tal ímpetu que ninguna otra planta se le compara. La flor de Colinia es bastante escasa y hace muchos años que no se la ve en el reino; sin embargo, mis sabios y yo tenemos razones para creer que todavía existe.  Vuestra misión, como habréis adivinado, es dar con la flor y traerme un brote de ella.
--Pero padre-– preguntó uno de los hermanos--, ¿es traer una florecilla una misión tan peligrosa?
--Ciertamente. Quienes sepan dónde hallarla no compartirán fácilmente su secreto porque temen que se las arrebaten: imaginad cuán apreciada habrá de ser. La primera dificultad, pues, será buscar en los corazones humanos para saber quién miente, encontrando maneras de desenterrar las verdades ocultas. La otra gran dificultad también está en los corazones, pero en los vuestros: por ningún motivo podréis usar los poderes de la flor de Colinia hasta traerla a mi presencia, dado que son peligrosos en manos inexpertas y podríais perder el juicio. Además, como imaginaréis, están los peligros propios del camino, que añaden una tercera dificultad.
Los hermanos callaban. Uno de ellos se atrevió a preguntar por fin:
--Padre, ¿cómo haremos para reconocer con total certeza que hemos hallado la flor de Colinia?
--La flor misma os lo hará saber. Se dice que quien la toca y la huele por primera vez no nota nada extraño en principio, pero al llegar la noche y alcanzarlo durmiendo, se le presentan en sueños visiones de tal magnitud que solo los dioses podrían orquestar. Cuando despertéis al día siguiente, pues, sabréis si vuestra búsqueda ha terminado.
--¿Y cómo llevaremos a cabo esta misión, buen padre?
--Hijos míos: sabéis que nuestro reino es grande, y desde nuestra capital podemos abarcar casi tanto territorio hacia el este como hacia el oeste. Así pues, dotaré a cada uno de vosotros con dineros suficientes y un criado, además de cabalgaduras, armas y vestidos para ambos, de tal suerte que vayan caballeros príncipe y criado. Echaremos a suertes la dirección que tomará cada uno, y esta noche, bajo la luna llena, partiréis desde aquel cerro. Tendréis un plazo de trece lunas para volver a mí. Si conseguís haceros a la flor de Colinia antes del tiempo, podréis traerla a palacio y seréis bienvenidos con honores. Si ninguno consigue hallarla, espero veros entonces dentro de trece lunas y escuchar vuestras historias.
Los príncipes asintieron. El rey, complacido, mandó llamar a los criados y a los sabios, quienes aguardaban en una salita adyacente. El presidente del consejo de sabios llevaba entre sus manos una bolsa de lana.
--Dentro de esta bolsa hay dos esferas de marfil, de tamaño y peso idénticos. Vendaremos vuestros ojos y luego pondremos la bolsa en esta mesa. Ambos podréis tocar las esferas, jugar con ellas e intercambiarlas, si así lo queréis, hasta que decidáis con cuál se quedará cada quien. Cuando lo anunciéis descubriremos vuestros ojos.
Así se hizo. Uno de los hermanos llevaba una esfera dorada, y el otro una argentina.
--Muy bien. Vos, hijo mío, habéis tomado la esfera con el color del sol, y seguiréis por tanto la ruta del este. Por vuestra parte vos, con la esfera plateada en vuestra mano, os hundiréis en las profundidades del poniente. Vuestros criados os esperan. Nos reuniremos para la cena, y luego os dispondréis para la partida.
Los hermanos se miraron, se abrazaron y, por primera vez en sus vidas, separaron sus rumbos hacia habitaciones diferentes. De lo que pasó en esas horas no sabemos nada, pero podemos imaginar a los príncipes meditabundos, asumiendo el reto que habían aceptado. En palacio, eso sí, reinaba el silencio más espantoso, como si hasta las moscas temieran volar. Silenciosa fue también la cena, y mientras el rey devoraba con gusto los manjares que tenía en frente, los gemelos apenas probaron bocado. Hay quienes dicen que en esa cena se sostuvieron diálogos dignos de registro, pero por lo que hemos podido averiguar no se sentían sonidos diferentes a los propios de una mesa corriente.
Notable sí fue, por su parte, lo que sucedió en el cerro. Era cerca de medianoche y toda la población de la capital se había reunido en las laderas, formando un corrillo de antorchas. En la cima se habían fijado unos estandartes vistosos, de esos que reservaban los reinos para las grandes ocasiones, de tal suerte que conformaban un gran cuadrilátero. En el centro se hallaban el rey y sus sabios, y hacia ambos lados de la encrucijada estaban los príncipes acicalando sus cabalgaduras. El príncipe del lado oeste llevaba una hermosa armadura color plata, y dorada era la de su hermano. Sonaron unas trompetas que convocaron al silencio.
El rey tomó la palabra y habló así:
--Hijos míos, queridos sabios y súbditos: esta es una noche digna de recordar. Hoy, mis dos valientes hijos los príncipes, en una muestra del coraje y el temple de nuestro pueblo, partirán hacia una de las misiones más complejas que se haya encomendado jamás a los mejores hombres de nuestra raza. Ni ellos ni yo sabemos lo que vaya a ocurrir, y solo los dioses determinan cuál habrá de ser el curso del destino, que será también el mío y el vuestro. Pues del éxito de esta misión depende la corona, y quien de estos bravíos hombres regrese victorioso, será en adelante vuestro soberano.
Hubo murmullos y comentarios entre la chusma, de lo que suponemos que no sabían de la sucesión al trono. El rey notó la agitación y tomó la palabra de nuevo.
--Sabéis que he sido un monarca atento y solícito, y que daría mi vida por este reino. Pero mi vida es corta como la de todos los mortales, ya soy viejo y acaso no vea el final de esta historia que hoy comienza. Tened por seguro, sin embargo, que uno de mis hijos os gobernará con tan buen juicio como los dioses me han permitido hacerlo a mí. Hoy los veis como unos jovenzuelos, pero en trece lunas verán vuestros ojos, en uno de estos mozalbetes, a un nuevo soberano. Roguemos a los dioses que les concedan sabiduría y buena fortuna en la aventura que están por iniciar. Y vosotros, par de mis hijos, mi adoración: sabed que vuestro padre os espera con orgullo y que esta siempre será vuestra casa, pase lo que pase. En honor a la memoria de vuestra difunta madre y en general a la de todos vuestros ancestros, os deseo la mejor de las venturas. ¡Mirad! Ya la luna llena está sobre nuestras cabezas. ¡Montaos a la grupa de vuestro destino!
Esto dicen que dijo el rey. Los príncipes montaron, y a una señal de trompeta partieron hacia el horizonte, cada uno por su lado. La gente se fue dispersando y el rey regresó a palacio, en donde lo esperaban asuntos urgentes. Al llegar se encerró con sus sabios, designando a dos de ellos como escolta de sus hijos, encargándoles de seguir todos sus pasos sin ser descubiertos, de tal suerte que pudieran escribir con frecuencia a palacio para informar sobre los últimos acontecimientos, y de esta manera el rey estaría al tanto de todo durante el año.
De los príncipes en los primeros días sabemos poco. Se dice que recorrieron las villas más cercanas, como era de esperarse, preguntando por la flor de Colinia. Pocas cosas podrían ser más frustrantes, pues se obtendría mejor respuesta si se le preguntase al viento por qué va en una dirección y no en otra. En efecto, nadie sabía de la buscada flor, y muchos ni siquiera habían escuchado semejante nombre. Y así, de pregunta en pregunta y de villa en villa, los hermanos se iban alejando entre sí, alcanzando regiones cada vez más remotas. Una cosa era haber visto los mapas del reino, y otra muy diferente recorrer sus caminos. La intemperie, la soledad y la ausencia de respuestas, imaginamos, comenzaban a cobrarles su cuota.
A partir de algunos registros podemos reconstruir algunos momentos de los viajeros.
El príncipe que se enfiló hacia el oeste dormía poco. Se pasaba horas enteras conversando con su criado, en quien pronto depositó su confianza. A él le comentaba las impresiones del día, lo que creía haber aprendido y lo que le atemorizaba. El criado le escuchaba con atención, opinando cuando lo consideraba pertinente. Ya habían pasado las dos primeras lunas cuando el príncipe, quitándose su armadura plateada, le dijo a su criado:
--O bien la flor no existe, o nadie la conoce, o nadie quiere compartirme su secreto.
--Mi señor, no desesperéis tan pronto. Aún tenéis once lunas y una buena porción de territorio sin abarcar.
--Entonces, ¿debo seguir preguntando?
--Eso creo, mi señor.
--Muy bien. Pero necesitaré encontrar maneras más efectivas de preguntar.
Desde esa noche el príncipe plateado se decidió a mostrar su cara más amable, convencido de que, si ganaba la confianza de sus súbditos, estos se le abrirían como una flor en brote y le revelarían sus secretos. Así pues, iba de pueblo en pueblo saludando a la gente, besando niños, dando limosnas y, en general, portándose como una especie de salvador. La gente pronto le tomó aprecio, y se regó por todo el oeste del país la fama del príncipe desprendido y generoso que quería hablar con todos. A cada nuevo poblado que llegaba encontraba una recepción cada vez más grande y generosa, como si se tratara ya del mismísimo rey en persona.
Pero, ¿y qué pasó con el príncipe del este?
Parece que este príncipe era diferente a su hermano, pues no cruzaba palabra ni con su sombra. Su criado se había acostumbrado a vivir en el más absoluto de los silencios, que solo rompía en las posadas, mientras su amo dormía, cuando bajaba a tomar vino y a jugar cartas con los borrachos. Por eso a veces se ganaba los regaños del príncipe cuando, al hacer el camino, le sorprendía dormido a la grupa de su cabalgadura. El príncipe notó rápidamente que su criado le obedecía cada vez con mayor velocidad, dándole la impresión de que estaba asustado con su amo y que no sabría qué represalias podría asumir. Un día, y esto se desprende de una de las cartas que enviaba el espía del rey y que, presuntamente, se habría salvado casi hasta nuestros días; un día, decíamos, el príncipe se encolerizó con su criado de tal manera que sacó su espada, la levantó, dejando ver unos hermosos reflejos dorados de la luz del sol sobre la hoja, y luego le asestó un golpe al durmiente de tal manera que lo despertó el porrazo que se dio al caer del caballo. El criado se levantó inmediatamente, ofreciendo a su amo toda clase de disculpas y jurando que esto no volvería a pasar, pero que por favor no volviera a usar así la fuerza con él.
--Entonces lo he hallado-– se dice que dijo el príncipe tras este evento--.  Solo el temor y la cobardía pueden abrirme los secretos que habitan en estos aldeanos. Si no me revelan lo que necesito, saborearán el metal de mi espada.
Desde aquél momento, el áureo príncipe recorrió el este del país con su espada en alto, llegando a cada villa con la misma pregunta que, ante la ausencia de respuestas, se convertía en advertencia. Pronto fue tomando la costumbre de segar alguna vida a su llegada a cualquier caserío: llegaba a la calle principal, buscaba a la primera persona que pasara, de preferencia mujer o niño, y con un golpe limpio le cercenaba la cabeza. Cuando el cuerpo caía sobre el polvo y la gente salía de sus casas con horror, el príncipe hacía su pregunta, daba un plazo para la respuesta y seguía su camino, dispuesto a buscar posada y a esperar a que su método cobrara efecto. Como las respuestas seguían siendo negativas, el príncipe, convencido de que le engañaban, se fue volviendo cada vez más feroz, e incluso se dice que hacia la quinta luna redujo una villa entera a cenizas, sin dejar ni un solo sobreviviente. El este del reino se fue llenando de cementerios y de cuerpos colgados a los lados del camino, y, como es de esperar, la fama del sanguinario llegó hasta los confines de la tierra.
Así fueron pasando las lunas y las leguas, y ambos príncipes se iban alejando cada vez más entre sí, tanto en distancia como en forma de ser. Mientras el uno buscaba conocer al ser humano desde el miedo, el otro lo hacía desde la confianza. El rey seguía en palacio los detalles de cada paso de sus hijos, atento a las reacciones del pueblo y, sobre todo, al posible hallazgo de la preciada flor de Colinia.
Por fin llegó la luna trece. Era, como recordará el lector, el plazo último para que los príncipes retornaran a su hogar. La versión oficial de la historia, o al menos la que me contó mi abuelo, decía que el príncipe del oeste llegó de primero, con su armadura reluciendo bajo la luna llena y con un brote de flor en la mano, mientras que su hermano regresó sin nada y aburrido; contaba esta versión que el príncipe plateado recibió felicitaciones por su obrar prudente y fue nombrado rey de inmediato, mientras que su hermano decidió huir del país. Esta versión termina con una moraleja sobre cómo debe comportarse un buen gobernante, escuchando a su pueblo y ganándose su confianza.
Pero gracias a mis investigaciones y a ciertos indicios que he recopilado, y que no mencionaré aquí para no aburrir a los lectores, estoy en capacidad de afirmar que el final de la historia fue muy otro.
El día previo a la luna trece, los vigías de palacio anunciaron que se aproximaban dos caballeros desde el este. Antes de que cayera la tarde habían hecho el camino hasta las puertas de la capital. El rey mismo salió a dichas puertas para recibir a su hijo, el príncipe dorado, quien, con el ceño fruncido y sin nada en sus manos que no fuera su espada, no dijo ni una palabra y se enfiló directo hacia su aposento. Imaginemos al monarca contrariado y sorprendido por este desplante. No obstante, dio orden de que nadie molestara al príncipe, y de que a su criado se le atendiera con los honores propios de un visitante ilustre.
El príncipe dorado permaneció encerrado hasta la noche siguiente, cuando se vistió de nuevo con su armadura y salió hacia el cerro, en donde ya había un corrillo de personas cantando y vitoreando. En efecto, un brillo plateado que surgía de la multitud le confirmó al príncipe que su hermano había llegado ya y se encontraba en el cerro.
Una vez en la cima, con sus dos hijos a los lados y con el pueblo como testigo, el rey inició un discurso que decía más o menos esto:
--Mis amados súbditos: se ha cumplido el plazo que hace un año fijamos acá, en este cerro y ante todos ustedes, para decidir quién será vuestro próximo regente. Acá están de vuelta mis dos hijos, y agradezco al cielo y a los dioses que ambos hayan regresado con vida e ilesos. Han sido jornadas largas y duras, en las cuales vuestro futuro rey ha tenido la oportunidad de recorrer la mitad del reino y conocer de primera mano la diversidad de que gozamos. Los príncipes no lo saben aún, pero por órdenes mías cada uno de sus pasos fue cuidadosamente registrado, así que no escucharemos la historia que cada uno ha contado, pues eso hace parte ya de su memoria privada, y pasaremos directamente al veredicto, que, desde la última luna, hemos logrado entre mis sabios y yo. ¡Oh pueblo mío! ¡Vitoread a vuestro nuevo rey, el Caballero Dorado!
Hubo un silencio en la multitud. Los relatos de ambos príncipes habían llegado también al chisme de la capital, y nadie apostaba porque el rey se inclinara a favor del sanguinario. El monarca, como si leyera los pensamientos de su pueblo, levantó las manos y dijo:
--Sé que para muchos de vosotros resultará extraña mi decisión. Pero antes de que me juzguéis con prisa, os explicaré los motivos que han guiado nuestro veredicto. En primer lugar, la flor de Colinia no existe.
En este punto se escucharon murmullos de intensidad creciente. Se dice que el príncipe plateado miraba al suelo, mientras su hermano, visiblemente jubiloso, recorría con su vista al pueblo concurrente.
--¡Silencio!-- ordenó el rey--. No importa que la flor no exista: la tarea era la misma. Ya sabía yo que ambos volverían con las manos vacías, pero me interesaba estudiar los métodos que encontrarían, bien para seguir buscando, bien para convencerse de la inutilidad de esa búsqueda. Mi adorado hijo que viste hoy de plata salió hacia el oeste, se detuvo en cada villa y, gracias a su buen genio y a su habilidad, se granjeó la confianza de sus súbditos; no obstante, aunque varios de ellos le dijeron que la flor no existía, no hizo caso y siguió buscándola. Por su parte, este, mi otro hijo y quien será vuestro rey, pronto comprendió que con el temor conseguiría hasta las confesiones más secretas, y me llegaron noticias de que, incluso, descubrió por esta vía a varios traidores del reino; así, además de que hizo una purga que ni mis mejores hombres habían podido lograr, se convenció de la inexistencia de la flor de Colinia. Son tiempos duros, mis apreciados súbditos, y nuestros enemigos se fortalecen mientras yo me hago viejo. Por eso, y teniendo en cuenta que no podemos darnos el lujo de mostrarnos débiles, necesitaremos un rey con mano de acero, ¡y aquí lo tenéis! ¡Mañana estará todo el reino de fiesta para agasajar a nuestro nuevo rey!
La multitud estalló en vivas. Aunque muchos de ellos, creemos, no habían entendido el mensaje, la alegría se les contagió, como la peste, por el contacto con los otros. La comitiva comenzó a desintegrarse, y mientras el pueblo marchaba lentamente para sus casas, el rey y los dos príncipes descendían hacia palacio. Se dice que el monarca les tenía preparada una cena copiosa, animado por la idea de escuchar de sus hijos el relato de lo sucedido; empero, solo el sucesor se presentó a la cena. El rey mandó llamar a su otro hijo, y la criada regresó pronto con la noticia de que su habitación estaba vacía y faltaban sus efectos personales. La criada le entregó al rey un papel que había hallado en la estancia. Era una nota del príncipe plateado, que decía más o menos así:
“Padre: has decidido con justicia y respeto tu decisión. Felicito a mi hermano por este logro. Pero estoy convencido de que la flor de Colinia existe, y me iré hasta el fin del mundo, si es necesario, con tal de hallarla para el bien de nuestro pueblo. Adiós, padre, y no me mandes a seguir. Mi camino no terminará hasta que la muerte o la flor de Colinia lo trunquen”.
Dicen que el rey lloró mientras el príncipe dorado sonreía y comía como si nada.
Y después, ¿qué pasó? El viejo rey murió al poco tiempo, el príncipe se convirtió en el Rey Dorado, y desde el primer día de su gobierno aplicó la violencia e intimidación contra el pueblo, convencido de que había que erradicar la traición desde la raíz. Cuentan, y en esto coinciden algunos historiadores, que la gente pasó pronto del temor al cansancio, y del cansancio al hastío. Las villas comenzaron a sublevarse, primero aisladas, luego en gavilla y, al final, dejaron al reino reducido a las murallas de la capital. Se dice que uno de los sabios envenenó al Rey Dorado y saqueó el palacio, dejando al antiguo reino, otrora esplendoroso, en jirones y en la ruina.
Del príncipe plateado no tenemos más noticias, pero hay un dato que no deja de inquietarme. Mi amigo el sirio me pasó un documento muy antiguo, escrito en lo que hoy son las Indias Orientales en una época similar a la de esta historia. Se trata del relato de un antiguo monje, quien cuenta sobre un hombre que llegó, sin caballo pero con armadura, hasta sus dominios buscando posada. El monje y el hombre intercambiaron palabras muy sabias, con lo que se convencieron el uno al otro de que podrían tenerse confianza. El hombre misterioso le dijo al monje que venía de lejos buscando algo, pero que, gracias a una revelación que tuvo en sueños, sabía que esta búsqueda había terminado. El monje preguntó qué búsqueda era esa, y el hombre, sin decir palabra, le extendió una ramita verde oscuro, coronada por una especie de florescencia verduzca y naranja con pelillos blancos. El monje la examinó sin encontrar nada de particular. El hombre no le dijo qué era ni dónde la había hallado, pero le aseguró que con ella encontraría salud y sosiego, y que acaso podría compartirla con sus compañeros y coterráneos.
Suponemos que el monje le agradeció, pues el documento no dice nada sobre esto; no obstante, contiene un dibujo muy detallado del brote, un análisis de sus características físicas y un nombre, de seguro asignado por el monje: “ganjah”. Se sabe ahora que esta planta es de uso extendido en todas las Indias Orientales, y que sus habitantes la tienen en altísima estima por sus propiedades.
¿Sería este hombre misterioso nuestro príncipe plateado? ¿Será la ganjah la mismísima flor de Colinia? No lo sabemos, ni tendremos nunca forma de saberlo con certeza. Lo que sí puedo asegurarles es que se trata de una planta que parece un regalo de los dioses, y que al usarla, como si se tratara de un homenaje al príncipe plateado, las gentes dejan de lado su violencia y aprehensiones, y buscan establecer confianza con otros a partir del diálogo y de muestras de cariño.
¿Coincidencia?

3 comentarios:

  1. Aunque todo parece indicar que no es la cordialidad, la no-violencia (si es que algo así existe), lo que se produce por ese regalo divino; al contrario, parece ser que es el pacífico el que busca sin cesar esta florecilla mágica. Un poco apretado el final; no obstante, un buen escrito.

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  2. Gracias por los comentarios. Igual esta es una versión temprana y todavía falta trabajarle.

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