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El rostro
El
cuerpo humano es, en su totalidad, una entidad en perenne movimiento, cuyas
partes vibran al ritmo de la vida en una constante de contracciones y
relajaciones que se extiende hasta el más negro de los momentos, cuando la
materia vuelve al estado primigenio de inercia y ausencia. Mientras el momento
llega, el conjunto se agita contra sí mismo, se retuerce, se da una forma
identificable por otros conjuntos. Ellos, sin embargo, no verán nada que
difiera de una envoltura más o menos estable, cuyos cambios, limitados a la
excitación o quietud de ciertos músculos faciales, son reconocidos, y dan
origen casi siempre a una pregunta que conserva un patrón de parecido con la
expresión “¿qué te pasa?”. Pero más allá de todo esto, a escalas microcósmicas,
se suceden cambios de carácter ambivalente entre lo imperceptible y lo
irrefutable: procesos de mitosis, crecimiento, envejecimiento, digestión,
motricidad, fagocitosis, circulación, irrigación, intoxicación, colapsamiento, muerte
celular,…
A
escala humana percibimos casi siempre las mismas características: dos ojos, dos
brazos, dos orejas, dos piernas, una nariz, una boca, un cuerpo. Son el sello
de la ontogenia, el logotipo de la evolución, y cada una es un libro abierto
para quien quiera leerlo. En ellas leen los biólogos los códices de la vida;
los médicos, una completa enciclopedia de anatomía y fisiopatología; los
artistas, formas deformables; los asesinos, blancos contra los que deben
disparar; los genetistas, la historia del azar reflejada en cruzamientos
inducibles (que se pueden inducir, es decir: 1. Por un proceso de inducción
lógica se puede volver atrás en el tiempo para saber todo lo relacionado con
antecesores genealógicos; y 2. Se pueden catalizar y controlar en situaciones
experimentales elaboradas y revaluadas una y otra vez desde la memorable tarde
que gastó Mendel en mirar su planta de guisantes).
Odio
la ciencia, o más bien odio sus métodos. O quizá odie a los científicos, según
el concepto de mi psicoanalista, ya que le hablé de los trabajos de mi padre
con ratones que se reproducían, ignorantes pero felices, en “condiciones de
control”. El caso es que, desde las noches de conversación y cervezas con el
autor de mis días, nunca he dejado de ver a los animales, incluido el ser
humano, como meros archivos biológicos que buscan la perpetuación de sus patrones
aún después de su propio deceso. La cópula me ha parecido repugnante durante
los últimos quince años de mi vida, llevándome a no haber conocido mujer ni –es
conveniente admitirlo- a desearlo. Odio la vida, odio su perpetuación y me odio
a mí mismo por estar vivo y tener esa responsabilidad ancestral. Soy una
entidad que halla su sentido en el odio, odia y es odiada. ¿Qué más puedo
decir?
Pero
la vida me persigue. Salir a la calle es asistir a un espectáculo patético de
insulsas pretensiones de individualidad reflejadas en el sello personal que
cada uno de mis congéneres lleva estampado por rostro, y eso que, ahora, somos miles de millones, sin
contar los otros tantos que han fallecido durante toda nuestra historia desde
Adán (o su equivalente) ni los que vendrán hasta el Harmagedón. Y, desde que
decidí no volver a salir, se congregaron en mi casa los insectos más
persistentes: colonias de hormigas (de varios tipos: grandes y negras, pequeñas
y negras, pequeñas y rubias (las más abundantes), pequeñas y rojas, grandes y
rojas, grandísimas y con tenazas; en fin, casi una veintena de razas
diferentes), cucarachas, abejas, avispas, mosquitos, moscas, zancudos,
chiripas, arañas, gusanos, polillas, mariposas, pulgones, pulgas, garrapatas,
escarabajos, mariquitas y hasta un ciempiés. Pero los insectos no pretenden ser: son, a secas y por montones. Su no pretensión los hace parecer
iguales, como facsímiles idénticos a un original que me encantaría destruir, y
a Platón con él. Así, más o menos, creo que nos debería ver un observador no humano,
que espero tenga mis mismas intenciones. ¡Cómo disfruto mis formicidios, joder!
Para ellos prefiero la vía más antigua: aplastarlas con mis dedos. Los
insecticidas son como las bombas: son efectivos para destruir multitudes en
segundos, pero privan al autor del placer del asesinato directo e,
irónicamente, individual.
Más
allá de consideraciones entomológicas, el arte de arrebatar la vida a lo
viviente es una de las especialidades de nuestra raza, tal vez una de las
actividades más sublimes y paradisíacas que hayamos descubierto. ¿Derecho a la
vida? ¿Quién merece vivir, objetivamente hablando? O, más bien, ¿quién ha hecho
méritos, no solo para vivir, sino para continuar viviendo, si no conozco a
nadie que me afirme con certeza por y para qué vive? Todas nuestras leyes se
vienen abajo ante un reto milenario: “quien esté libre de odio, que tire la
primera piedra”. Pero antes del reto, mucho antes de la articulación de la primera
palabra jamás dicha, muchísimo antes de la generación de la materia orgánica,
había una fuerza incalculable, muerta, eterna y omnipresente: la Entropía. Imagine
a Alejandro Magno, a Atila el Huno, a Moctezuma, a cualquier ser humano, en
ropa interior, llorando de miedo, ante un volcán en erupción. O mejor aún:
imagine a la humanidad entera ante la inminente destrucción de la Tierra.
¿Dónde quedan allí todas las leyes, los tabúes, las denuncias y los prejuicios?
¿Quedará algún dedo con energía suficiente para señalar al homicida, ah?
Desde
luego, el fin último de la materia viva es su feliz regreso a su estado
original, a la nada, a la entropía. Por lo tanto, el ser humano siempre
agradecerá a la mano que empuñe la daga y la clave entre sus ventrículos cardíacos,
acabando con todo en medio del reguero de plasma micronésico que se vuelca en medio
de la calle, paralizada por las caras inermes de estupor al verse a sí mismas
vaciándose cual catarata granate sobre el cadáver que yace ante sus pies. La
muerte es, pues, el máximo momento de la vida, estamos aquí solo para vivir ese
glorioso instante, vivimos para fenecer, nadie jamás ha escapado a ello y no
creo que suceda en el futuro. La muerte es la esencia, es la disolución de lo
que fue por sí solo y ahora es solo nada, una nada en descomposición,
en reposición del reposo, en el cero absoluto de cualquier actividad cortical o
“humana”, si se prefiere. La muerte, mi
muerte, soy yo mismo; es ella quien me mantiene vivo para llevarme a su
encuentro, quien me usa como instrumento para que otros, ojalá multitudes,
corran ante ella a ofrecerle sus carnes como putrefacto tributo.
¿Por
qué aún no he acabado conmigo mismo, después de todo, si tanto me odio y tanto
odio estar vivo? Porque sé que yo soy
lo único que realmente me está dado tener en este lapso espacio-temporal; yo
soy mi única certeza, y todo lo demás pierde sentido o simplemente no existe si
no es por mi existencia; yo soy el dueño de mi existencia y de las
representaciones mentales que me he formado de todas las cosas que creo que
existen y que no son yo, por lo que
puedo y debo acabarlas. Mientras yo esté garantizaré que viva el odio a la
vida; si muero, ese sentimiento tan ferviente se pierde para siempre. Yo soy
ese sentimiento, estoy contenido en él y a la vez le contengo mientras puedo;
cuando no lo consigo, escapa y arrasa con lo que encuentra. El odio es fuerte y
poderoso; por tanto, soy fuerte y poderoso. Un ser fuerte y poderoso, al menos
para sí mismo, no debe autodestruirse. Si alguien me mata me estará dando la
razón, y mientras viva alguien me verá matándolo, si es que le da tiempo
suficiente como para hacerlo.
Miro
a la multitud. ¿Cuántos rostros hay allí? ¿Podría contarlos todos? De lejos,
como ahora los veo, son irreconocibles, como hormigas en un nido. Siento un
incontenible deseo de aplastarlos uno por uno, de sentir el crujido de sus
vértebras bajo mi zapato.
--¿Por
qué no lo haces?
Las
prisiones no permiten darle rienda suelta a la imaginación, no dejan que las
emociones que poseen el encéfalo humano (no
al revés) sean agradables. Después de todo, las cárceles son invenciones de
algún humano sin rasgos reconocibles para nosotros.
--¿Tal
y como la multitud que contemplas?
--Sí,
exactamente. Pero, ¿quién te ha dado autorización para preguntar?
--…
--No
importa. Desearía acabarte.
--¿Por
qué no lo haces? Hazme feliz.
--Sabes
que no puedo hacerlo.
Estuve
encerrado durante unos cuatro años, durante los cuales una enfermera venía a
visitarme de vez en cuando con unas pastillas. Había algo en ella… su juventud,
su piel morena, su rostro,… podría jurar que en su rostro estaban contenidos
todos los rostros; era una cara maravillosa, en cuya contemplación me sumergía
cada vez que ella me lo permitía. Llegué a desearla.
Cuando
salí del sanatorio la hice mi amante, si es que tal nombre le conviene a esta
suerte de unión asexuada. Le dije que le pondría por nombre “Humanidad”. Ella,
sin entender, me preguntó:
--¿Por
qué me designas con lo que más dices odiar? ¿Me odias, acaso?
--No.
Te he nombrado así porque en tu rostro están contenidos todos los rostros.
--¿Y
no quieres destruirme?
--¿Por
qué insistes en lo mismo?
--Dices
que no puedes hacerlo, pero nunca me has dicho por qué.
--Porque
tú eres mi muerte. Por eso te amo.
Humanidad
tendría unos veinte años cuando la conocí. Ahora, con veinticinco, yace inerte
bajo mis brazos.
--He
roto mis cadenas. He vencido a mi muerte.
Una
voz femenina, proveniente no sé de dónde demonios, me contestó:
--No,
tu muerte te ha vencido. Sin ella vivirás para siempre.
Lo
peor es que eso es cierto.
(2001).
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