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martes, 10 de abril de 2012

El rostro

Hace más de diez años hice algunos ejercicios de escritura. En estos días me encontré con uno de ellos, que ahora me animo a compartir casi (¡casi!) que sin cambiarle ni una coma. Tiene un aire misántropo que responde a la época que me encontraba viviendo. No sabía yo que en este escrito se condensarían ideas que después, gracias a los estudios y a algunos autores memorables que he venido conociendo (de Quincey, Sade, Bataille, Freud, Borges, entre otros), se me han establecido como verdades. Pero bueno: menos carreta, ¡y al texto!

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El rostro

El cuerpo humano es, en su totalidad, una entidad en perenne movimiento, cuyas partes vibran al ritmo de la vida en una constante de contracciones y relajaciones que se extiende hasta el más negro de los momentos, cuando la materia vuelve al estado primigenio de inercia y ausencia. Mientras el momento llega, el conjunto se agita contra sí mismo, se retuerce, se da una forma identificable por otros conjuntos. Ellos, sin embargo, no verán nada que difiera de una envoltura más o menos estable, cuyos cambios, limitados a la excitación o quietud de ciertos músculos faciales, son reconocidos, y dan origen casi siempre a una pregunta que conserva un patrón de parecido con la expresión “¿qué te pasa?”. Pero más allá de todo esto, a escalas microcósmicas, se suceden cambios de carácter ambivalente entre lo imperceptible y lo irrefutable: procesos de mitosis, crecimiento, envejecimiento, digestión, motricidad, fagocitosis, circulación, irrigación, intoxicación, colapsamiento, muerte celular,…
A escala humana percibimos casi siempre las mismas características: dos ojos, dos brazos, dos orejas, dos piernas, una nariz, una boca, un cuerpo. Son el sello de la ontogenia, el logotipo de la evolución, y cada una es un libro abierto para quien quiera leerlo. En ellas leen los biólogos los códices de la vida; los médicos, una completa enciclopedia de anatomía y fisiopatología; los artistas, formas deformables; los asesinos, blancos contra los que deben disparar; los genetistas, la historia del azar reflejada en cruzamientos inducibles (que se pueden inducir, es decir: 1. Por un proceso de inducción lógica se puede volver atrás en el tiempo para saber todo lo relacionado con antecesores genealógicos; y 2. Se pueden catalizar y controlar en situaciones experimentales elaboradas y revaluadas una y otra vez desde la memorable tarde que gastó Mendel en mirar su planta de guisantes).

Odio la ciencia, o más bien odio sus métodos. O quizá odie a los científicos, según el concepto de mi psicoanalista, ya que le hablé de los trabajos de mi padre con ratones que se reproducían, ignorantes pero felices, en “condiciones de control”. El caso es que, desde las noches de conversación y cervezas con el autor de mis días, nunca he dejado de ver a los animales, incluido el ser humano, como meros archivos biológicos que buscan la perpetuación de sus patrones aún después de su propio deceso. La cópula me ha parecido repugnante durante los últimos quince años de mi vida, llevándome a no haber conocido mujer ni –es conveniente admitirlo- a desearlo. Odio la vida, odio su perpetuación y me odio a mí mismo por estar vivo y tener esa responsabilidad ancestral. Soy una entidad que halla su sentido en el odio, odia y es odiada. ¿Qué más puedo decir?
Pero la vida me persigue. Salir a la calle es asistir a un espectáculo patético de insulsas pretensiones de individualidad reflejadas en el sello personal que cada uno de mis congéneres lleva estampado por rostro, y eso que, ahora, somos miles de millones, sin contar los otros tantos que han fallecido durante toda nuestra historia desde Adán (o su equivalente) ni los que vendrán hasta el Harmagedón. Y, desde que decidí no volver a salir, se congregaron en mi casa los insectos más persistentes: colonias de hormigas (de varios tipos: grandes y negras, pequeñas y negras, pequeñas y rubias (las más abundantes), pequeñas y rojas, grandes y rojas, grandísimas y con tenazas; en fin, casi una veintena de razas diferentes), cucarachas, abejas, avispas, mosquitos, moscas, zancudos, chiripas, arañas, gusanos, polillas, mariposas, pulgones, pulgas, garrapatas, escarabajos, mariquitas y hasta un ciempiés. Pero los insectos no pretenden ser: son, a secas y por montones. Su no pretensión los hace parecer iguales, como facsímiles idénticos a un original que me encantaría destruir, y a Platón con él. Así, más o menos, creo que nos debería ver un observador no humano, que espero tenga mis mismas intenciones. ¡Cómo disfruto mis formicidios, joder! Para ellos prefiero la vía más antigua: aplastarlas con mis dedos. Los insecticidas son como las bombas: son efectivos para destruir multitudes en segundos, pero privan al autor del placer del asesinato directo e, irónicamente, individual.
Más allá de consideraciones entomológicas, el arte de arrebatar la vida a lo viviente es una de las especialidades de nuestra raza, tal vez una de las actividades más sublimes y paradisíacas que hayamos descubierto. ¿Derecho a la vida? ¿Quién merece vivir, objetivamente hablando? O, más bien, ¿quién ha hecho méritos, no solo para vivir, sino para continuar viviendo, si no conozco a nadie que me afirme con certeza por y para qué vive? Todas nuestras leyes se vienen abajo ante un reto milenario: “quien esté libre de odio, que tire la primera piedra”. Pero antes del reto, mucho antes de la articulación de la primera palabra jamás dicha, muchísimo antes de la generación de la materia orgánica, había una fuerza incalculable, muerta, eterna y omnipresente: la Entropía. Imagine a Alejandro Magno, a Atila el Huno, a Moctezuma, a cualquier ser humano, en ropa interior, llorando de miedo, ante un volcán en erupción. O mejor aún: imagine a la humanidad entera ante la inminente destrucción de la Tierra. ¿Dónde quedan allí todas las leyes, los tabúes, las denuncias y los prejuicios? ¿Quedará algún dedo con energía suficiente para señalar al homicida, ah?
Desde luego, el fin último de la materia viva es su feliz regreso a su estado original, a la nada, a la entropía. Por lo tanto, el ser humano siempre agradecerá a la mano que empuñe la daga y la clave entre sus ventrículos cardíacos, acabando con todo en medio del reguero de plasma micronésico que se vuelca en medio de la calle, paralizada por las caras inermes de estupor al verse a sí mismas vaciándose cual catarata granate sobre el cadáver que yace ante sus pies. La muerte es, pues, el máximo momento de la vida, estamos aquí solo para vivir ese glorioso instante, vivimos para fenecer, nadie jamás ha escapado a ello y no creo que suceda en el futuro. La muerte es la esencia, es la disolución de lo que fue por sí solo y ahora es solo nada, una nada en descomposición, en reposición del reposo, en el cero absoluto de cualquier actividad cortical o “humana”, si se prefiere. La muerte, mi muerte, soy yo mismo; es ella quien me mantiene vivo para llevarme a su encuentro, quien me usa como instrumento para que otros, ojalá multitudes, corran ante ella a ofrecerle sus carnes como putrefacto tributo.
¿Por qué aún no he acabado conmigo mismo, después de todo, si tanto me odio y tanto odio estar vivo? Porque sé que yo soy lo único que realmente me está dado tener en este lapso espacio-temporal; yo soy mi única certeza, y todo lo demás pierde sentido o simplemente no existe si no es por mi existencia; yo soy el dueño de mi existencia y de las representaciones mentales que me he formado de todas las cosas que creo que existen y que no son yo, por lo que puedo y debo acabarlas. Mientras yo esté garantizaré que viva el odio a la vida; si muero, ese sentimiento tan ferviente se pierde para siempre. Yo soy ese sentimiento, estoy contenido en él y a la vez le contengo mientras puedo; cuando no lo consigo, escapa y arrasa con lo que encuentra. El odio es fuerte y poderoso; por tanto, soy fuerte y poderoso. Un ser fuerte y poderoso, al menos para sí mismo, no debe autodestruirse. Si alguien me mata me estará dando la razón, y mientras viva alguien me verá matándolo, si es que le da tiempo suficiente como para hacerlo.

Miro a la multitud. ¿Cuántos rostros hay allí? ¿Podría contarlos todos? De lejos, como ahora los veo, son irreconocibles, como hormigas en un nido. Siento un incontenible deseo de aplastarlos uno por uno, de sentir el crujido de sus vértebras bajo mi zapato.

--¿Por qué no lo haces?

Las prisiones no permiten darle rienda suelta a la imaginación, no dejan que las emociones que poseen el encéfalo humano (no al revés) sean agradables. Después de todo, las cárceles son invenciones de algún humano sin rasgos reconocibles para nosotros.

--¿Tal y como la multitud que contemplas?
--Sí, exactamente. Pero, ¿quién te ha dado autorización para preguntar?
--…
--No importa. Desearía acabarte.
--¿Por qué no lo haces? Hazme feliz.
--Sabes que no puedo hacerlo.

Estuve encerrado durante unos cuatro años, durante los cuales una enfermera venía a visitarme de vez en cuando con unas pastillas. Había algo en ella… su juventud, su piel morena, su rostro,… podría jurar que en su rostro estaban contenidos todos los rostros; era una cara maravillosa, en cuya contemplación me sumergía cada vez que ella me lo permitía. Llegué a desearla.
Cuando salí del sanatorio la hice mi amante, si es que tal nombre le conviene a esta suerte de unión asexuada. Le dije que le pondría por nombre “Humanidad”. Ella, sin entender, me preguntó:

--¿Por qué me designas con lo que más dices odiar? ¿Me odias, acaso?
--No. Te he nombrado así porque en tu rostro están contenidos todos los rostros.
--¿Y no quieres destruirme?
--¿Por qué insistes en lo mismo?
--Dices que no puedes hacerlo, pero nunca me has dicho por qué.
--Porque tú eres mi muerte. Por eso te amo.

Humanidad tendría unos veinte años cuando la conocí. Ahora, con veinticinco, yace inerte bajo mis brazos.

--He roto mis cadenas. He vencido a mi muerte.

Una voz femenina, proveniente no sé de dónde demonios, me contestó:

--No, tu muerte te ha vencido. Sin ella vivirás para siempre.

Lo peor es que eso es cierto.

(2001).

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