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viernes, 29 de junio de 2012

El encuentro


El preso calla. Mira al suelo. La celda está oscura. Tal vez sea un sótano. Tal vez...
Lleva tres días allí. Nada ha cambiado desde que despertó; salvo, claro está, por la comida que le hacen llegar desde fuera. La comida le sirve para marcar el tiempo; así, aunque falte la luz del sol, siempre tiene una idea de cuándo orar. De resto es todo lo mismo: su mundo es ahora en blanco y negro; nebuloso e incierto; restringido y asfixiante. Es el mundo como lo ve quien no tiene luz y, ¡empecinada percepción!, se esfuerza en contemplar. Como no ve mucho, toca. Su tacto le confirma algunas sospechas: hay un catre, un inodoro con lavamanos y, un poco más arriba, una ventanita que da a quién sabe dónde. ¡Nada más! La celda es pequeña; no obstante, si se acuesta en el suelo, en el centro, y abre sus extremidades como formando una equis, no alcanza a tocar ninguna pared. En una de las paredes -el “ala norte”, imagina el preso, aunque no tiene forma de orientarse- está la puerta bien cerrada, como corresponde a las puertas de prisión. En la parte inferior hay una especie de trampa por la cual le deslizan la comida; recorriéndola con el tacto, el preso ha notado que la trampa es cuadrada, como la celda, y asegurada desde fuera. Cada tanto se oye un sonido de palanca metálica, y en ese momento el preso retrocede, aguarda... y ¡pam!, la trampa deja pasar la comida. Así ocurre tres veces al día; el preso, al tercero, ha calculado ya que le ponen comida cada seis horas, pasando, en consecuencia, un intervalo de doce horas sin comida que podría ser la “noche”. Organizado, metódico, se ha arreglado a las circunstancias, y ya duerme con placidez. Ahora se dedica a la oración, a recordar pasajes del texto sagrado, y en eso consume las largas horas del encierro. Ni siquiera en el recuerdo de las glorias pasadas consigue la calma que le brinda entregar su espíritu a la contemplación. Se va quedando dormido, entrando a esa ciénaga que se abre entre el sueño y la vigilia...
...cuando oye un crujido inusual.
El sueño se ha ido, dejándolo con los ojos y los oídos muy atentos. El único sonido en la celda ha sido siempre el de la trampa; ni siquiera su voz a grito en cuello produce eco en la oscuridad. ¿Qué habrá sido eso? ¿Lo soñé? Esto se pregunta el preso cuando escucha un nuevo crujido, un susurro, una silla moviéndose.
Se incorpora dando un salto. Al parecer hay personas allí, y no pocas. ¡Pero no ve nada!
El rumor de las voces disminuye y se va apagando. Una puerta se cierra a lo lejos.
Silencio.
Pasan algunos minutos. Solo se oye la respiración del preso, agitada como si hubiera trotado un par de horas. De pronto, el chillido de un micrófono irrumpe en la escena. El preso, aterrado, no sabe qué hacer y se sienta en el suelo. Por varios altoparlantes -el ruido permite reconocer que son varios- una voz masculina comienza a hablar en inglés.
 -- ¿Me reconoces? ¿Sabes quién soy?
El preso tiembla. No sabe si de miedo o de ira.
Súbita, una luz blanca, enorme, inunda el espacio. El preso cierra sus ojos: tanta claridad le resulta dolorosa. Los abre poco a poco, dejando que su retina se acostumbre.
Tras algunos minutos reconoce el espacio. ¡Y cuán diferente luce! Allí siguen el catre, el inodoro, el lavamanos; pero las paredes resplandecen, son pantallas gigantes en las cuales, a los cuatro costados, se repite la misma perspectiva: un hombre vestido de corbata, cómodo en una silla de cuero, le habla por un micrófono que emerge desde abajo. Parece mirarle directamente a los ojos, ¡y desde las cuatro paredes! El de la pantalla sonríe; el de la celda, contrayendo sus comisuras, mira al suelo.
 -- Ahora sabes quién soy. Te he vencido, ¿recuerdas?
El preso calla. Se produce un silencio largo. El otro, siempre en inglés, prosigue:
 -- Veo que callas. Antes hablabas con fuerza: las plazas se llenaban con tu voz, las pantallas repetían tus gritos, tus imprecaciones. ¿Y ahora? ¡Ni siquiera sabes en dónde estás! Muy lejos de tu amada patria, eso te lo aseguro; lejos de tu patria y de tus hombres. Pero déjame explicar eso mejor. Tus hombres ya no existen: a tus guardias los matamos uno por uno, y los ejércitos que otrora respondían a tus comandos, ahora están dispersos, encarcelados o prófugos. Y tu patria... bueno, ya no es tu patria. Las multitudes que antes te aclamaban ahora escupen tu imagen, y nos han pedido a nosotros, sus salvadores, que llevemos a ellos la civilización, el progreso y el bienestar. Nosotros, cómo no, hemos aceptado gustosos: les llevamos por el camino de la democracia. ¡Cuánto debes detestar esa palabra! Miles murieron para que tú les gobernaras; pues bien, ahora miles mueren para que les gobierne la democracia. ¿Y cuál democracia, me preguntarás? Muy sencillo: la nuestra. Tendrán nuestro sistema, nuestra tecnología, nuestro conocimiento, y se abrirán al mundo... ¿sabes? Pero también se abrirán a nosotros, a nuestros supremos intereses. Sus valores serán los nuestros; soñarán lo que les digamos que sueñen; todos podrán aspirar al lujo y la comodidad de nuestra suprema civilización. ¿Y qué les pedimos a cambio? Nada: solamente que te olviden. Y créeme: un pueblo como el tuyo, que no te amaba, sino que te temía; un pueblo tal, te digo, te olvidará fácilmente. Y entonces vendrán a nosotros. Nosotros les diremos qué decidir, ante qué instancias y de qué maneras. Así les gobernaremos mientras ellos creen que se gobiernan a sí mismos, y todos felices. Todos... menos tú. ¿Qué tienes que decir ante eso?
Nada, al parecer: el preso permanecía en el más absoluto de los silencios, con la mirada fija en el suelo y las manos entrelazadas sobre el regazo, sentado en el centro de la celda. Había notado que tenía un uniforme color naranja encendido; esa revelación del color le permitió distraerse, por un momento, del monólogo de su rival. Parecía decidido a no decir nada, así que la voz de los altoparlantes, tras un breve carraspeo, continuó:
 -- Pareces decidido a no decir nada. Bien, allá tú. Ya tuviste tu tiempo para hablar y lo utilizaste en nuestra contra. Ahora somos nosotros quienes hablamos, quienes le decimos al mundo de qué tiene que hablar, en qué términos debe hablarlo y hasta cuándo hablarlo. ¡Y el mundo habla en tu contra! Para ellos eres una especie de superviviente del medioevo, una curiosidad anacrónica, un cobarde. Y sé cómo te molesta eso, que te consideren un cobarde. Pero ya ves cómo son las cosas: el inquebrantable hombre atornillado al poder, hoy está reducido a un uniforme naranja en una celda anónima. ¿Y sabes lo que va a pasar? Que el mundo va a pedir tu cabeza. Así como te acusan de bárbaro, así de bárbaro será el deseo popular de ver tu sangre correr. Y si lo quieren ver en vivo y en directo, les ayudaremos a transmitirlo, cómo no. Puede ser un buen negocio, ¿sabes? En especial para nosotros, que nos desharemos de ti con impunidad y en horario triple A. He dicho con impunidad: no seremos nosotros tus verdugos. El pueblo, ese al que dijiste amar más que a ti mismo, pedirá tu cabeza sin vacilar. Serán ellos, y no nosotros, quienes te ejecuten. Eso nos encanta, ¿sabes?, implantarle deseos a la gente con una sutileza tal que los reconozcan como propios. Así funciona nuestro mundo, y tú no quisiste verlo. Ese es tu pecado; tu obstinación, el mayor de los agravantes. Por eso estás aquí. Por eso te puedo hablar desde aquí y ver cada movimiento tuyo. Notarás que hay cámaras instaladas en las esquinas superiores de la celda.
El preso levanta la cabeza. En efecto, en los cuatro rincones del techo, muy elevado como para alcanzarlo con las manos, hay una suerte de hemiciclos de cristal oscurecido. Tras comprobarlo, el preso mira a la figura que tiene en frente. ¡Qué extraños designios tiene Dios!, piensa. Respira profundo y vuelve su mirada al suelo.
 -- Sigues sin decir nada. Pero sé que me entiendes: puedes mantener una conversación en inglés desde hace muchos años, desde que te ayudamos, ¿te acuerdas? Parece que no, porque empezaste a interponerte en nuestro camino. Tú, reyezuelo de segunda, soñaste con una grandeza digna de tus antepasados, ignorando la grandeza de nosotros, los dueños del futuro. Por eso hemos jugado este juego; por eso hemos cruzado el planeta para dar contigo y, por eso, estás aquí rendido e inerme. Te devolveremos al lugar al que perteneces: al de las curiosidades históricas. Es posible que dentro de algunas generaciones nadie recuerde ya tu nombre ni tu estirpe, y que tu legado se desmorone definitivamente, como los castillos que te demolimos. Como ves, la victoria es nuestra, lo ha sido desde el principio. Ahora ni tu dios podrá salvarte.
El preso levanta la mirada con el ceño fruncido. No es ira lo que pinta su gesto; más bien, es el frío rencor de quien contrae su odio en la mirada para advertir al otro. Por su parte, el otro, acomodándose en el sillón, continúa con lo suyo.
 -- Así es: ni siquiera tu dios. Sé lo que estás pensando: que soy un infiel y que las llamas del infierno me aguardan. Eso ya lo veremos. Yo he tenido una visión del futuro, en la cual nosotros nos bañamos en gloria y tú no existes. Nosotros, que a tus ojos somos infieles, somos, en verdad, el pueblo elegido. Nosotros somos el camino, la verdad y la vida, y todo aquel que ose desafiar nuestros designios correrá igual suerte a la de tantos... a la tuya propia. No admitimos errores: el tiempo es dinero, ya sabes, y el dinero es lo que cuenta. Si me lo preguntas, yo no quiero huríes ni paraísos: quiero dinero, contante y sonante. Dinero: tal es el nombre de nuestro dios. Y el nuestro es un dios poderoso, que gobierna con mano dura a todas las naciones del orbe. Nuestro dios es compasivo y misericordioso, como el tuyo; pero, como el tuyo, es vengativo y rencoroso, frío, vil. Es el más humano de los dioses posibles. Así que el dilema se resume con facilidad: arrepiéntete o muere. En tu caso veo la mirada del impío, del que se resiste a ver la verdad.
Girando la cabeza hacia una de las paredes, el preso lanza un escupitajo. La viscosidad cae en la cara de su enemigo y se va deslizando lenta, sin prisa. Debajo de la flema se dibuja la sonrisa triunfante del otro, quien hace ademán de levantarse.
 -- Ya te he dicho lo que te espera, y noto que no me dirás nada. Pues bien: yo me voy. Ya he visto suficiente. Para quienes amamos el poder, la visión de un hombre humillado es reconfortante pero cansa pronto, y tengo asuntos muy urgentes que resolver. El mundo gira, ¿sabes?, y hay que aprender a girar con él. Te veré por ahí, Saddam.
Dicho esto, George Bush se levanta de su asiento. Las luces se apagan, dejando a Hussein sumido en la oscuridad. 

2 comentarios:

  1. Que buen cuento parce, lo pude apreciar en primicia, y se las trae.

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  2. Escribes con alto alcance a la sensibilidad...un cuento demostrando a mi parecer el poder de tener el poder.

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