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miércoles, 22 de agosto de 2012

El dragón

“Nunca me pasa nada divertido”, se decía Juanito cuando su mamá lo mandó a dormir. “No tengo sueño y me obligan a ir a la cama. De seguro que los adultos se divierten mientras nos mandan a dormir”.

Eso estaba pensando. Tenía mucha rabia, pero sobre todo tenía aburrimiento. Se aburría muchísimo.

Su mamá apagó la luz de la habitación pero dejó encendida una lamparita que había a un lado de la cama. Así, a Juanito no le daría miedo de los fantasmas que se esconden en la oscuridad, y tampoco tendría tanta luz encima para dormir.

Como no tenía sueño, se puso a mirar la pared de al lado. Había dibujos de carros, cohetes y nubes: todo era colorido. Miró cada dibujo una y otra vez, cansado de ya conocerlos de memoria.

Y entonces lo vio.

Ahí, en un punto inesperado de la pared, había un dragón.

¿Estaría soñando?

Se quedó mirándolo con mucha atención. El dragón parecía estarlo mirando también, aunque no lograba verle los ojos. Era como si sintiera su mirada.
Entonces comenzó a moverse. Primero muy despacio, luego con confianza, y al final muy rápido. Iba de un lado al otro de la habitación, conociéndola, reconociéndola. Juanito imaginaba que el dragón estaba adueñándose del espacio, y que en adelante le iba a tocar pedirle permiso al dragón, por ejemplo, para buscar unas medias en el cajón.

“¿Será peligroso? ¿Botará fuego por la boca?”, pensó Juanito. No quería imaginarse cómo sería convivir con un dragón temperamental, que te fuera echando una llamarada cada vez que se enojara. ¿Y qué diría su mamá, si de pronto fuera a buscarla con la ropa chamuscada? No: eso ni pensarlo.

Con un poco de miedo se quedó mirando al fantástico animal. Tenía cuatro patas que terminaban en garras brillantes, una cola larga y delgada, un cuerpo flexible y ágil, y una cabeza que parecía como de serpiente. Su cuerpo tenía varios colores; incluso Juanito podría jurar que cambiaba de color. ¡Estaba maravillado!

Tan concentrado estaba que casi se muere del susto cuando el dragón saltó desde la pared. Juanito gritó tan fuerte que su mamá entró corriendo.

“¿Qué te pasa, Juanito?”, le preguntó.

“Hay un dragón en mi pieza... ¡y acaba de saltar! Ten cuidado: no sé si bote fuego por la boca”.

“Un dragón, ¿no? ¿Y dónde lo viste?”, le preguntó la mamá.

“Ahí, en esa pared al lado tuyo. Saltó como hacia el armario”.

La mamá de Juanito encendió la luz y lo vio. Entonces soltó una carcajada.

“Esto, hijo mío, no es un dragón, aunque se parece mucho. Esto es una lagartija. Cógela si quieres”.

No: Juanito no quiso cogerla. Se quedó todavía más aburrido y recibió en la frente el beso de su mamá, que se estaba riendo.

Miró a la pared oscura. Entonces entendió los mágicos poderes del dragón, que es capaz de transformarse para que los adultos crean que no es un dragón, un poderosísimo dragón milenario.

Sabiendo la verdad, Juanito se durmió con una sonrisa en sus labios.

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