Allí encontré a Laura. Estaba fría como todas las demás. Yo sabía que eso cambiaría, así que la tomé con mi mano y la saqué del lugar. La llevé a mi habitación y, sin pedir permiso, bebí de su boca. Con mis dedos limpié el sudor de su cuello y seguí llevándola a mis labios. Continué hasta dejarla seca, vacía, agotada. Terminé con un eructo de satisfacción.
Gracias a la marca internacional de gaseosa que me permitió disfrutar de mi primera Laura, así fuera embotellada.
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