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miércoles, 17 de octubre de 2018

A Sergio Urrego

Agosto cuatro. Flotaste un día
-el último para vos en este plano-
hacia la inmortalidad de Poe o de los grandes.
Te nos fuiste, tatuado en la memoria
como grafiti en la Acrópolis de Tenjo.


Lamento tu silencio tan temprano
que nos grita tus palabras no escritas
o acaso olvidadas por voluntad tuya.
¿Quién, más que el suicida, es un poeta?


Precoz y claro
-trepidante intrepidez-,
delicioso libertino ávido de vida,
sagaz lince, dulce pantera.
Se me caerían los adjetivos de los dedos
chorreando tinta como lágrimas vertiste,
¡oh, valiente desembarazado!


Tu dolor es mío, aunque ajeno.


Volaste de la cumbre de un titán
hacia las fauces de tu destino,
libre, ¡al fin libre!,
rompiendo tus cadenas y nuestros corazones
-de Alba y de Robert y de quienes bien te amaron-
y violando para siempre la solemne,
hipócrita moral,
rancia, insepulta,
de los anacrónicos represores.


¡Cómo me duele tu dolor!
En tus dieciséis noviembres y poco más
cultivaste los frutos inmarcesibles
de la vela que elige arder más que durar,
de la polilla que se arroja al Sol buscando hacerse luz.


Pagaste con la más cara moneda
el precio del legado.
¡Héroe adolescente!
¡Adolecente del escarnio!
Aunque no tuve la oportunidad de conocerte
-ni de flirtear contigo. ¡Qué más quisiera!-,
me seduces desde la nada a la que te enrumbaste
con tus cáusticas dosis de humor procaz,
tu grafía de letrado
y tus palabras molotov.


Me duele como hachazo tu partida
pero esta partida la ganaste vos,
jugador curtido en desaires y en sueños.


Más nuestras que tuyas son ahora tus tristezas
y tu rabia sin fin y tu despecho.
Más tuyas son ahora las alas y las nubes,
las alturas a que aspiran los espíritus.


Tenía yo tu edad cuando naciste
y similares atribulaciones, tales gustos.
También yo escuchaba a Pink Floyd como quien oye
el eco de mi galaxia añorada
y luchaba por
-y contra-
un gusto en vía opuesta.
Guardaba en mi baúl un secreto a voces
que luego me explotaría en la cara
pero yo me quedé callado. ¡Y vos gritabas!
¡Cuánto le enseña tu juventud a la mía!
Le sigue enseñando a esta, mi edad de harapos,
cómo vestir, altivo, la dignidad.


También yo supe de versos a hurtadillas
y de exquisitas obscenidades
sin entender muy bien por qué eran obscenas.
Me sisaba el aliento ese paraíso
que para tantos otros era pecado.
En mi colegio -también «gimnasio»-
quisieron reconvenirme y llevarme a la senda
de un dios que dice amar a todos
pero no soporta tu forma de amar a otros.


Yo también quise acabar con todo o con todos
mas entonces me ganó lo timorato
y aquí estoy, supurando estos versos
que quisiera haberte presentado ese tres de agosto
cuando, sin saberlo ni a queriendas,
te ponías entre los diez mejores de tu estirpe.
Te los presento ahora, a destiempo
-o mejor, se los presento a quienes te lloramos,
imaginando tu crítica a mi pobre talento-.
Vos, en cambio, ya no estás,
o estás en la estación a la que todos vamos,
pero siento tu mirada recorriendo estas líneas,
tan viva como lo fue al mirar a tu hombre amado.


Lloro tu ausencia, pero grito
como grita alguien sin voz, un desahuciado:
¡Espera mi abrazo! Es un abrazo
de esos que sellan heridas o, cuando menos,
te hacen saber que no estás solo
en esta soledad que llaman vida.

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