¿Qué es preferible: un pasado decoroso y placentero o un futuro incierto?
De seguro que hemos tenido buenos momentos en el pasado; no en vano se dice que "todo tiempo pasado fue mejor". Basta con recordar (o imaginar) aquellas cosas que nos alegraban cuando éramos niños: el insecto capturado, un helado de quinientos pisos, los programas de la televisión. También podríamos incluir aquellos acontecimientos que nos pasaron cuando éramos un poco mayores: el primer beso, la primera borrachera, la sensación de grandeza que brinda ingresar a una universidad. Si las recordamos con algo de tristeza y las extrañamos, hablamos de que sentimos nostalgia, esa especie de melancolía que nos dejan los eventos ya pasados, ese vacío estomacal que nos remite a la pérdida de esos instantes diluidos en la nada.
No obstante, a mí me ocurre también que añoro lo que no me ha pasado. Por ejemplo, ver a alguien que nos guste hasta los tuétanos, puede llevarnos a fantasear miles de cosas. ¿Y si le lanzo mi propuesta? Si acepta, ¿cómo sería nuestro encuentro? Esto pertenece a la categoría de lo probable, de ese futuro indeterminado que todos creemos tener por delante, y que en realidad nunca tenemos.
Un expresidente pasó a la historia (siempre escrita en pretérito) con la frase "colombianos, ¡bienvenidos al futuro!". Han pasado ya más de veinte años, y la alocución me sigue rondando en la cabeza, anacrónica, oximorónica. ¿Era ese el futuro? ¿Es este momento, cuando estoy sentado en esta oficina escribiendo estas cosas? ¿Qué es el futuro? A mi manera de ver, el futuro se parece a la zanahoria que le cuelgan a los caballos frente a los ojos, o al horizonte del mar: no importa cuán rápido se viaje o con cuánta perseverancia, pues el objetivo permanecerá inalcanzable. Nunca estaremos en el futuro: nuestra vida transcurre en un presente que siempre se escurre, que va devorando esa indeterminación de lo probable y, al instante, la excreta como pasado. El presente, este presente, es tan esquivo que ya ni esta frase le pertenece, pues comencé a escribirla en un pasado cada vez más remoto, que se aleja en lontananza mientras más se demora el punto final en aparecer.
Pero me estoy desviando de mi propósito. No quiero acá filosofar sobre la naturaleza del tiempo (cuestión que nos ha rondado desde que hay cultura), sino simplemente proponer un concepto: la "nostalgia futura". Me refiero con ello a esa emoción que, mimetizada, se nos presenta con toda la carga de la nostalgia, pero que no se refiere a eventos del pasado, sino a anhelos de algo que pertenece al reino de lo probable (o improbable, que para esta indeterminación viene a ser lo mismo).
Pues bien: eso es lo que me está pasando, en este presente que se hace pasado mientras tus ojos siguen el camino que les he trazado. Te sueño e imagino cerca, conmigo, contemplando estrellas en el cielo o en el techo de mi habitación. De seguro no te has dado cuenta de ello, y si lo has hecho, tenés la discreción de una caja fuerte. Así es: tengo nostalgia de poder acariciarte, de engastarte en mi pasado y mis recuerdos. Pero ¡cuán lejano parece ese momento! ¡Cuántas maromas tengo que hacer, y cuán exigente puedo volverme con la vida y mi suerte! Pero para esta nostalgia futura no hay razones, salvo una: la razón del deseo.
Dejame darte la bienvenida a mi pasado. Por favor. Ayudá a este pobre nostálgico.
Tus textos son vos, tal cual, Juan Diego: te revelan entero. Yo apenas estoy empezando a adivinarte, pero tus textos me dan las claves más certeras de ese descubrimiento. Bello y provocativo --y evocador-- texto, Juan.
ResponderBorrarQue buen texto. Que buena explicación de esa sensación, me recuerdas una canción que dice: no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
ResponderBorrar