Supe de esta
historia cuando era niño. Me la contó mi abuelo, a quien se la contó su abuelo,
y así hasta el principio de los tiempos (o de mi familia, que para mí es lo
mismo). Ahora estoy viejo y tengo nietos a los que quiero legarles este tesoro.
No es la misma versión que escuché de mi abuelo, pues gracias a un amigo que
conocí en Siria tuve acceso a documentos y entrevistas que me permitieron
ampliar muchos detalles y confirmar otros. No sé si la historia sea cierta o no
pero eso no importa: ¿cuántos hechos de la Historia (así, con mayúscula) ocurrieron
tal y como nos los han contado? Por mi parte diré que he investigado lo
suficiente para contar mi versión, y espero que con eso baste por ahora.
Cuenta la leyenda
que hace muchísimo tiempo, en un país lejano e inmenso, vivía un buen rey quien,
habiendo enviudado poco después de casarse, tenía a cargo, además de sus
súbditos, a dos hijos gemelos. Desde el primer momento buscó el monarca
instruirlos en las artes de su tiempo, desde equitación y lucha hasta oratoria,
convencido de que alguno de ellos le sucedería en el trono.
Un día, sabiendo
que sus hijos ya estaban lo suficientemente grandes y preparados, el rey los
hizo llamar a su habitación y se reunió con ellos a solas, ordenando la salida
hasta de su criada de confianza.
--Mis buenos hijos--
dijo el monarca, hablando sin prisa--, bien sabéis que tenemos nuestras horas
contadas en este mundo. Incluso los reyes sucumbimos ante la majestad de la
muerte. Miradme: yo soy viejo y no podré retener por mucho tiempo esta corona
sobre mi cabeza. Por eso he decidido entregar el trono a uno de vosotros.
Tras un breve
silencio, el monarca carraspeó y dijo:
--Hijos míos: bien sabéis
que os amo por encima de mi trono, de mis posesiones y de mi vida misma. No
podría yo elegir a alguno de vosotros para gobernar sobre el otro. Sé que tampoco
vosotros lo haríais con sensatez, pues el poder logra que hasta los
sentimientos filiales se rindan ante la codicia. Por eso he consultado con mi
consejo de sabios y hemos decidido la manera de elegir, no basados en nuestros
pobres criterios, sino en el valor que cada uno de vosotros demuestre.
--¿Y qué tendremos
que hacer, padre, para ganar vuestra confianza?-- se dice que preguntaron los
hermanos en coro.
--La tarea no es
fácil. Muchos hombres la han intentado antes y han sucumbido, llenando de
gloria las páginas de nuestra historia. Es posible, y no lo quiera el cielo,
que uno de vosotros no vuelva con vida de esta empresa, o acaso ambos perezcan
en su transcurso. Así, pues, decidme si queréis participar en este desafío. Entenderé
si no queréis afrontarlo, y a quien abdique le daré un título de por vida y
tierras para administrar, pero deberá obedecer a su hermano.
Los dos hermanos
aceptaron sin vacilar. Después de todo, a ambos los habían criado para ser
reyes, y no se conformarían con señorear una villa.
--Muy bien. No esperaba
menos de mis hijos. Escuchad atentos: se dice que existe una flor mágica y que
quien la posea controlará divinos dones. Nuestros botánicos la llaman la flor
de Colinia. Cuentan que esta flor cura enfermedades y brinda sosiego al
espíritu, con tal ímpetu que ninguna otra planta se le compara. La flor de
Colinia es bastante escasa y hace muchos años que no se la ve en el reino; sin
embargo, mis sabios y yo tenemos razones para creer que todavía existe. Vuestra misión, como habréis adivinado, es dar
con la flor y traerme un brote de ella.
--Pero padre-– preguntó
uno de los hermanos--, ¿es traer una florecilla una misión tan peligrosa?
--Ciertamente.
Quienes sepan dónde hallarla no compartirán fácilmente su secreto porque temen
que se las arrebaten: imaginad cuán apreciada habrá de ser. La primera
dificultad, pues, será buscar en los corazones humanos para saber quién miente,
encontrando maneras de desenterrar las verdades ocultas. La otra gran
dificultad también está en los corazones, pero en los vuestros: por ningún
motivo podréis usar los poderes de la flor de Colinia hasta traerla a mi
presencia, dado que son peligrosos en manos inexpertas y podríais perder el
juicio. Además, como imaginaréis, están los peligros propios del camino, que
añaden una tercera dificultad.
Los hermanos
callaban. Uno de ellos se atrevió a preguntar por fin:
--Padre, ¿cómo
haremos para reconocer con total certeza que hemos hallado la flor de Colinia?
--La flor misma os
lo hará saber. Se dice que quien la toca y la huele por primera vez no nota
nada extraño en principio, pero al llegar la noche y alcanzarlo durmiendo, se
le presentan en sueños visiones de tal magnitud que solo los dioses podrían
orquestar. Cuando despertéis al día siguiente, pues, sabréis si vuestra
búsqueda ha terminado.
--¿Y cómo
llevaremos a cabo esta misión, buen padre?
--Hijos míos:
sabéis que nuestro reino es grande, y desde nuestra capital podemos abarcar
casi tanto territorio hacia el este como hacia el oeste. Así pues, dotaré a
cada uno de vosotros con dineros suficientes y un criado, además de cabalgaduras,
armas y vestidos para ambos, de tal suerte que vayan caballeros príncipe y
criado. Echaremos a suertes la dirección que tomará cada uno, y esta noche,
bajo la luna llena, partiréis desde aquel cerro. Tendréis un plazo de trece
lunas para volver a mí. Si conseguís haceros a la flor de Colinia antes del
tiempo, podréis traerla a palacio y seréis bienvenidos con honores. Si ninguno consigue
hallarla, espero veros entonces dentro de trece lunas y escuchar vuestras
historias.
Los príncipes
asintieron. El rey, complacido, mandó llamar a los criados y a los sabios,
quienes aguardaban en una salita adyacente. El presidente del consejo de sabios
llevaba entre sus manos una bolsa de lana.
--Dentro de esta
bolsa hay dos esferas de marfil, de tamaño y peso idénticos. Vendaremos
vuestros ojos y luego pondremos la bolsa en esta mesa. Ambos podréis tocar las
esferas, jugar con ellas e intercambiarlas, si así lo queréis, hasta que
decidáis con cuál se quedará cada quien. Cuando lo anunciéis descubriremos
vuestros ojos.
Así se hizo. Uno de
los hermanos llevaba una esfera dorada, y el otro una argentina.
--Muy bien. Vos,
hijo mío, habéis tomado la esfera con el color del sol, y seguiréis por tanto
la ruta del este. Por vuestra parte vos, con la esfera plateada en vuestra
mano, os hundiréis en las profundidades del poniente. Vuestros criados os
esperan. Nos reuniremos para la cena, y luego os dispondréis para la partida.
Los hermanos se
miraron, se abrazaron y, por primera vez en sus vidas, separaron sus rumbos
hacia habitaciones diferentes. De lo que pasó en esas horas no sabemos nada,
pero podemos imaginar a los príncipes meditabundos, asumiendo el reto que
habían aceptado. En palacio, eso sí, reinaba el silencio más espantoso, como si
hasta las moscas temieran volar. Silenciosa fue también la cena, y mientras el
rey devoraba con gusto los manjares que tenía en frente, los gemelos apenas
probaron bocado. Hay quienes dicen que en esa cena se sostuvieron diálogos
dignos de registro, pero por lo que hemos podido averiguar no se sentían
sonidos diferentes a los propios de una mesa corriente.
Notable sí fue, por
su parte, lo que sucedió en el cerro. Era cerca de medianoche y toda la
población de la capital se había reunido en las laderas, formando un corrillo
de antorchas. En la cima se habían fijado unos estandartes vistosos, de esos
que reservaban los reinos para las grandes ocasiones, de tal suerte que
conformaban un gran cuadrilátero. En el centro se hallaban el rey y sus sabios,
y hacia ambos lados de la encrucijada estaban los príncipes acicalando sus
cabalgaduras. El príncipe del lado oeste llevaba una hermosa armadura color
plata, y dorada era la de su hermano. Sonaron unas trompetas que convocaron al silencio.
El rey tomó la
palabra y habló así:
--Hijos míos,
queridos sabios y súbditos: esta es una noche digna de recordar. Hoy, mis dos
valientes hijos los príncipes, en una muestra del coraje y el temple de nuestro
pueblo, partirán hacia una de las misiones más complejas que se haya
encomendado jamás a los mejores hombres de nuestra raza. Ni ellos ni yo sabemos
lo que vaya a ocurrir, y solo los dioses determinan cuál habrá de ser el curso
del destino, que será también el mío y el vuestro. Pues del éxito de esta
misión depende la corona, y quien de estos bravíos hombres regrese victorioso,
será en adelante vuestro soberano.
Hubo murmullos y
comentarios entre la chusma, de lo que suponemos que no sabían de la sucesión
al trono. El rey notó la agitación y tomó la palabra de nuevo.
--Sabéis que he
sido un monarca atento y solícito, y que daría mi vida por este reino. Pero mi
vida es corta como la de todos los mortales, ya soy viejo y acaso no vea el
final de esta historia que hoy comienza. Tened por seguro, sin embargo, que uno
de mis hijos os gobernará con tan buen juicio como los dioses me han permitido
hacerlo a mí. Hoy los veis como unos jovenzuelos, pero en trece lunas verán
vuestros ojos, en uno de estos mozalbetes, a un nuevo soberano. Roguemos a los
dioses que les concedan sabiduría y buena fortuna en la aventura que están por
iniciar. Y vosotros, par de mis hijos, mi adoración: sabed que vuestro padre os
espera con orgullo y que esta siempre será vuestra casa, pase lo que pase. En
honor a la memoria de vuestra difunta madre y en general a la de todos vuestros
ancestros, os deseo la mejor de las venturas. ¡Mirad! Ya la luna llena está
sobre nuestras cabezas. ¡Montaos a la grupa de vuestro destino!
Esto dicen que dijo
el rey. Los príncipes montaron, y a una señal de trompeta partieron hacia el
horizonte, cada uno por su lado. La gente se fue dispersando y el rey regresó a
palacio, en donde lo esperaban asuntos urgentes. Al llegar se encerró con sus
sabios, designando a dos de ellos como escolta de sus hijos, encargándoles de
seguir todos sus pasos sin ser descubiertos, de tal suerte que pudieran
escribir con frecuencia a palacio para informar sobre los últimos
acontecimientos, y de esta manera el rey estaría al tanto de todo durante el
año.
De los príncipes en
los primeros días sabemos poco. Se dice que recorrieron las villas más
cercanas, como era de esperarse, preguntando por la flor de Colinia. Pocas
cosas podrían ser más frustrantes, pues se obtendría mejor respuesta si se le
preguntase al viento por qué va en una dirección y no en otra. En efecto, nadie
sabía de la buscada flor, y muchos ni siquiera habían escuchado semejante
nombre. Y así, de pregunta en pregunta y de villa en villa, los hermanos se
iban alejando entre sí, alcanzando regiones cada vez más remotas. Una cosa era
haber visto los mapas del reino, y otra muy diferente recorrer sus caminos. La
intemperie, la soledad y la ausencia de respuestas, imaginamos, comenzaban a
cobrarles su cuota.
A partir de algunos
registros podemos reconstruir algunos momentos de los viajeros.
El príncipe que se
enfiló hacia el oeste dormía poco. Se pasaba horas enteras conversando con su
criado, en quien pronto depositó su confianza. A él le comentaba las
impresiones del día, lo que creía haber aprendido y lo que le atemorizaba. El
criado le escuchaba con atención, opinando cuando lo consideraba pertinente. Ya
habían pasado las dos primeras lunas cuando el príncipe, quitándose su armadura
plateada, le dijo a su criado:
--O bien la flor no
existe, o nadie la conoce, o nadie quiere compartirme su secreto.
--Mi señor, no
desesperéis tan pronto. Aún tenéis once lunas y una buena porción de territorio
sin abarcar.
--Entonces, ¿debo
seguir preguntando?
--Eso creo, mi
señor.
--Muy bien. Pero
necesitaré encontrar maneras más efectivas de preguntar.
Desde esa noche el
príncipe plateado se decidió a mostrar su cara más amable, convencido de que,
si ganaba la confianza de sus súbditos, estos se le abrirían como una flor en
brote y le revelarían sus secretos. Así pues, iba de pueblo en pueblo saludando
a la gente, besando niños, dando limosnas y, en general, portándose como una
especie de salvador. La gente pronto le tomó aprecio, y se regó por todo el
oeste del país la fama del príncipe desprendido y generoso que quería hablar
con todos. A cada nuevo poblado que llegaba encontraba una recepción cada vez más
grande y generosa, como si se tratara ya del mismísimo rey en persona.
Pero, ¿y qué pasó
con el príncipe del este?
Parece que este
príncipe era diferente a su hermano, pues no cruzaba palabra ni con su sombra.
Su criado se había acostumbrado a vivir en el más absoluto de los silencios,
que solo rompía en las posadas, mientras su amo dormía, cuando bajaba a tomar
vino y a jugar cartas con los borrachos. Por eso a veces se ganaba los regaños
del príncipe cuando, al hacer el camino, le sorprendía dormido a la grupa de su
cabalgadura. El príncipe notó rápidamente que su criado le obedecía cada vez
con mayor velocidad, dándole la impresión de que estaba asustado con su amo y
que no sabría qué represalias podría asumir. Un día, y esto se desprende de una
de las cartas que enviaba el espía del rey y que, presuntamente, se habría
salvado casi hasta nuestros días; un día, decíamos, el príncipe se encolerizó
con su criado de tal manera que sacó su espada, la levantó, dejando ver unos
hermosos reflejos dorados de la luz del sol sobre la hoja, y luego le asestó un
golpe al durmiente de tal manera que lo despertó el porrazo que se dio al caer
del caballo. El criado se levantó inmediatamente, ofreciendo a su amo toda
clase de disculpas y jurando que esto no volvería a pasar, pero que por favor
no volviera a usar así la fuerza con él.
--Entonces lo he
hallado-– se dice que dijo el príncipe tras este evento--. Solo el temor y la cobardía pueden abrirme los
secretos que habitan en estos aldeanos. Si no me revelan lo que necesito,
saborearán el metal de mi espada.
Desde aquél
momento, el áureo príncipe recorrió el este del país con su espada en alto,
llegando a cada villa con la misma pregunta que, ante la ausencia de
respuestas, se convertía en advertencia. Pronto fue tomando la costumbre de
segar alguna vida a su llegada a cualquier caserío: llegaba a la calle
principal, buscaba a la primera persona que pasara, de preferencia mujer o
niño, y con un golpe limpio le cercenaba la cabeza. Cuando el cuerpo caía sobre
el polvo y la gente salía de sus casas con horror, el príncipe hacía su
pregunta, daba un plazo para la respuesta y seguía su camino, dispuesto a
buscar posada y a esperar a que su método cobrara efecto. Como las respuestas
seguían siendo negativas, el príncipe, convencido de que le engañaban, se fue volviendo
cada vez más feroz, e incluso se dice que hacia la quinta luna redujo una villa
entera a cenizas, sin dejar ni un solo sobreviviente. El este del reino se fue
llenando de cementerios y de cuerpos colgados a los lados del camino, y, como
es de esperar, la fama del sanguinario llegó hasta los confines de la tierra.
Así fueron pasando
las lunas y las leguas, y ambos príncipes se iban alejando cada vez más entre
sí, tanto en distancia como en forma de ser. Mientras el uno buscaba conocer al
ser humano desde el miedo, el otro lo hacía desde la confianza. El rey seguía
en palacio los detalles de cada paso de sus hijos, atento a las reacciones del
pueblo y, sobre todo, al posible hallazgo de la preciada flor de Colinia.
Por fin llegó la
luna trece. Era, como recordará el lector, el plazo último para que los
príncipes retornaran a su hogar. La versión oficial de la historia, o al menos
la que me contó mi abuelo, decía que el príncipe del oeste llegó de primero,
con su armadura reluciendo bajo la luna llena y con un brote de flor en la
mano, mientras que su hermano regresó sin nada y aburrido; contaba esta versión
que el príncipe plateado recibió felicitaciones por su obrar prudente y fue nombrado
rey de inmediato, mientras que su hermano decidió huir del país. Esta versión
termina con una moraleja sobre cómo debe comportarse un buen gobernante,
escuchando a su pueblo y ganándose su confianza.
Pero gracias a mis
investigaciones y a ciertos indicios que he recopilado, y que no mencionaré
aquí para no aburrir a los lectores, estoy en capacidad de afirmar que el final
de la historia fue muy otro.
El día previo a la
luna trece, los vigías de palacio anunciaron que se aproximaban dos caballeros
desde el este. Antes de que cayera la tarde habían hecho el camino hasta las
puertas de la capital. El rey mismo salió a dichas puertas para recibir a su
hijo, el príncipe dorado, quien, con el ceño fruncido y sin nada en sus manos
que no fuera su espada, no dijo ni una palabra y se enfiló directo hacia su
aposento. Imaginemos al monarca contrariado y sorprendido por este desplante.
No obstante, dio orden de que nadie molestara al príncipe, y de que a su criado
se le atendiera con los honores propios de un visitante ilustre.
El príncipe dorado
permaneció encerrado hasta la noche siguiente, cuando se vistió de nuevo con su
armadura y salió hacia el cerro, en donde ya había un corrillo de personas
cantando y vitoreando. En efecto, un brillo plateado que surgía de la multitud
le confirmó al príncipe que su hermano había llegado ya y se encontraba en el
cerro.
Una vez en la cima,
con sus dos hijos a los lados y con el pueblo como testigo, el rey inició un
discurso que decía más o menos esto:
--Mis amados
súbditos: se ha cumplido el plazo que hace un año fijamos acá, en este cerro y
ante todos ustedes, para decidir quién será vuestro próximo regente. Acá están
de vuelta mis dos hijos, y agradezco al cielo y a los dioses que ambos hayan
regresado con vida e ilesos. Han sido jornadas largas y duras, en las cuales
vuestro futuro rey ha tenido la oportunidad de recorrer la mitad del reino y
conocer de primera mano la diversidad de que gozamos. Los príncipes no lo saben
aún, pero por órdenes mías cada uno de sus pasos fue cuidadosamente registrado,
así que no escucharemos la historia que cada uno ha contado, pues eso hace
parte ya de su memoria privada, y pasaremos directamente al veredicto, que,
desde la última luna, hemos logrado entre mis sabios y yo. ¡Oh pueblo mío!
¡Vitoread a vuestro nuevo rey, el Caballero Dorado!
Hubo un silencio en
la multitud. Los relatos de ambos príncipes habían llegado también al chisme de
la capital, y nadie apostaba porque el rey se inclinara a favor del sanguinario.
El monarca, como si leyera los pensamientos de su pueblo, levantó las manos y
dijo:
--Sé que para
muchos de vosotros resultará extraña mi decisión. Pero antes de que me juzguéis
con prisa, os explicaré los motivos que han guiado nuestro veredicto. En primer
lugar, la flor de Colinia no existe.
En este punto se
escucharon murmullos de intensidad creciente. Se dice que el príncipe plateado
miraba al suelo, mientras su hermano, visiblemente jubiloso, recorría con su
vista al pueblo concurrente.
--¡Silencio!--
ordenó el rey--. No importa que la flor no exista: la tarea era la misma. Ya
sabía yo que ambos volverían con las manos vacías, pero me interesaba estudiar
los métodos que encontrarían, bien para seguir buscando, bien para convencerse
de la inutilidad de esa búsqueda. Mi adorado hijo que viste hoy de plata salió
hacia el oeste, se detuvo en cada villa y, gracias a su buen genio y a su
habilidad, se granjeó la confianza de sus súbditos; no obstante, aunque varios
de ellos le dijeron que la flor no existía, no hizo caso y siguió buscándola.
Por su parte, este, mi otro hijo y quien será vuestro rey, pronto comprendió
que con el temor conseguiría hasta las confesiones más secretas, y me llegaron
noticias de que, incluso, descubrió por esta vía a varios traidores del reino;
así, además de que hizo una purga que ni mis mejores hombres habían podido
lograr, se convenció de la inexistencia de la flor de Colinia. Son tiempos
duros, mis apreciados súbditos, y nuestros enemigos se fortalecen mientras yo
me hago viejo. Por eso, y teniendo en cuenta que no podemos darnos el lujo de
mostrarnos débiles, necesitaremos un rey con mano de acero, ¡y aquí lo tenéis!
¡Mañana estará todo el reino de fiesta para agasajar a nuestro nuevo rey!
La multitud estalló
en vivas. Aunque muchos de ellos, creemos, no habían entendido el mensaje, la
alegría se les contagió, como la peste, por el contacto con los otros. La
comitiva comenzó a desintegrarse, y mientras el pueblo marchaba lentamente para
sus casas, el rey y los dos príncipes descendían hacia palacio. Se dice que el
monarca les tenía preparada una cena copiosa, animado por la idea de escuchar
de sus hijos el relato de lo sucedido; empero, solo el sucesor se presentó a la
cena. El rey mandó llamar a su otro hijo, y la criada regresó pronto con la
noticia de que su habitación estaba vacía y faltaban sus efectos personales. La
criada le entregó al rey un papel que había hallado en la estancia. Era una
nota del príncipe plateado, que decía más o menos así:
“Padre: has
decidido con justicia y respeto tu decisión. Felicito a mi hermano por este
logro. Pero estoy convencido de que la flor de Colinia existe, y me iré hasta
el fin del mundo, si es necesario, con tal de hallarla para el bien de nuestro
pueblo. Adiós, padre, y no me mandes a seguir. Mi camino no terminará hasta que
la muerte o la flor de Colinia lo trunquen”.
Dicen que el rey
lloró mientras el príncipe dorado sonreía y comía como si nada.
Y después, ¿qué
pasó? El viejo rey murió al poco tiempo, el príncipe se convirtió en el Rey
Dorado, y desde el primer día de su gobierno aplicó la violencia e intimidación
contra el pueblo, convencido de que había que erradicar la traición desde la
raíz. Cuentan, y en esto coinciden algunos historiadores, que la gente pasó
pronto del temor al cansancio, y del cansancio al hastío. Las villas comenzaron
a sublevarse, primero aisladas, luego en gavilla y, al final, dejaron al reino
reducido a las murallas de la capital. Se dice que uno de los sabios envenenó
al Rey Dorado y saqueó el palacio, dejando al antiguo reino, otrora esplendoroso,
en jirones y en la ruina.
Del príncipe plateado
no tenemos más noticias, pero hay un dato que no deja de inquietarme. Mi amigo
el sirio me pasó un documento muy antiguo, escrito en lo que hoy son las Indias
Orientales en una época similar a la de esta historia. Se trata del relato de
un antiguo monje, quien cuenta sobre un hombre que llegó, sin caballo pero con
armadura, hasta sus dominios buscando posada. El monje y el hombre
intercambiaron palabras muy sabias, con lo que se convencieron el uno al otro
de que podrían tenerse confianza. El hombre misterioso le dijo al monje que
venía de lejos buscando algo, pero que, gracias a una revelación que tuvo en
sueños, sabía que esta búsqueda había terminado. El monje preguntó qué búsqueda
era esa, y el hombre, sin decir palabra, le extendió una ramita verde oscuro,
coronada por una especie de florescencia verduzca y naranja con pelillos
blancos. El monje la examinó sin encontrar nada de particular. El hombre no le
dijo qué era ni dónde la había hallado, pero le aseguró que con ella
encontraría salud y sosiego, y que acaso podría compartirla con sus compañeros
y coterráneos.
Suponemos que el
monje le agradeció, pues el documento no dice nada sobre esto; no obstante,
contiene un dibujo muy detallado del brote, un análisis de sus características
físicas y un nombre, de seguro asignado por el monje: “ganjah”. Se sabe ahora que esta planta es de uso extendido en
todas las Indias Orientales, y que sus habitantes la tienen en altísima estima
por sus propiedades.
¿Sería este hombre
misterioso nuestro príncipe plateado? ¿Será la ganjah la mismísima flor de Colinia? No lo sabemos, ni tendremos nunca
forma de saberlo con certeza. Lo que sí puedo asegurarles es que se trata de
una planta que parece un regalo de los dioses, y que al usarla, como si se
tratara de un homenaje al príncipe plateado, las gentes dejan de lado su
violencia y aprehensiones, y buscan establecer confianza con otros a partir del
diálogo y de muestras de cariño.
¿Coincidencia?
Interesante historia, Juan.
ResponderBorrarAunque todo parece indicar que no es la cordialidad, la no-violencia (si es que algo así existe), lo que se produce por ese regalo divino; al contrario, parece ser que es el pacífico el que busca sin cesar esta florecilla mágica. Un poco apretado el final; no obstante, un buen escrito.
ResponderBorrarGracias por los comentarios. Igual esta es una versión temprana y todavía falta trabajarle.
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